Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco

Rafael Palacios lleva más de dos décadas en Valdeorras persiguiendo su gran vino blanco. Este elaborador riojano trabaja 38 hectáreas de Godello en las cotas más altas de la denominación de origen, combinando biodinámica, tracción animal y tecnología de precisión. Sus vinos —Louro do Bolo, As Sortes, Sorte Antiga y Sorte O Soro— reflejan este paisaje con una voz propia, consolidando un proyecto que exporta a más de 40 mercados y que la crítica internacional sitúa entre los grandes elaboradores de vino blanco del mundo.

Nils nos dejó anteayer, llevándose su furia, sus chubascos y vientos en dirección noreste y dejando que sea Oriana quien amenace hoy con arruinar un día que prometía ser inolvidable. Poner nombre a las cosas es uno de esos actos que nos define como seres humanos; un acto cognitivo y a la vez primario. Quizás detrás del hecho de nombrar las borrascas haya algo atávico, una intención de controlar aquello que ni remotamente podemos gobernar. Quién sabe.

Sea por Oriana, por Nils, por Marta, por Leonardo o Kristin, el caso es que aquí estamos, contemplando sin salir aún del coche la palillería de bambú con la que se reviste la fachada de la bodega en la que Rafael Palacios elabora sus vinos en A Rúa (Orense); un elemento marcadamente orgánico sobre una nave “técnica” que es todo un guiño a su manera de entender tanto el viñedo como la enología: beneficiarse de la tecnología para tener el máximo control de todos los factores y poder, así, intervenir lo mínimo posible. ¿Paradójico? Sí, puede ser, pero mejor lo respondemos luego, tras catar los vinos.

Con la palillería de bambú o sin ella, no es, en cualquier caso, la primera bodega poyectada por Jesús Manzanares, el arquitecto que ha materializado el hogar de los vinos de Enate, Artadi, Aalto, Clos D’Agon, Mauro, Artazu, Pago de los Capellanes o del mismísimo Álvaro Palacios –el hermano mayor de Rafael– en el Priorato. Y ese saber hacer del arquitecto es una pieza más, uno de los muchos engranajes de la compleja máquina que Rafael Palacios ha diseñado milimétricamente con un único fin: llegar a elaborar un gran vino blanco.

A la búsqueda del gran vino blanco

Tal y como él mismo nos cuenta ya en el interior de su bodega, resguardados de la furia de Oriana, ese gran vino blanco es la obsesión de Rafael Palacios desde hace muchos años, una idea que comienza a gestarse cuando sale de su Alfaro natal para conocer distintas realidades primero en Francia –corría el año 1989–, y más tarde en Australia.

Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco. O Soro
Viña O Soro.

Tras aquella etapa de descubrimiento, en 1994 vuelve a La Rioja para trabajar en Palacios Remondo, la bodega fundada por su padre, José Palacios, en un lejano 1948. Entre el 97 y el 2000, le llega el turno de asumir la dirección técnica, dejando en su legado el primer vino blanco de la historia de Palacios Remondo: Plácet, un monovarietal de Viura nacido, como él mismo nos cuenta “por un poco de cabezonería”.

Pero el futuro de Rafael Palacios no estaba en La Rioja, y el rayo que le haría caer de su particular caballo sería en realidad una particular botella de Godello que iba a cruzarse en su particular camino de Damasco. Aprovechando que su hermano Álvaro se había puesto al frente de Palacios Remondo, Valdeorras era tan buen lugar como cualquier otro para proseguir la búsqueda de su gran vino blanco.

Y es aquí en realidad donde da comienzo la historia que nos ha traído hasta la esquina sureste de galicia o, más importante, a sus cotas más altas, porque el imán que atrajo a Rafael Palacios hasta aquí hace prácticamente un cuarto de siglo fue precisamente la frescura que el bodeguero riojabajeño encontró en el interior de aquella botella de Godello.  

Rafa Palacios llega a Valdeorras en 2002, en una añada fría. En cambio, el año 2003 le desvelará la cara cálida que es capaz de mostrar esta región. Armado con altímetro, brújula y ese tesón que él mismo llama cabezonería, da comienzo a su búsqueda de las viñas más altas por toda la región hasta encontrarlas en Santa Cruz y O Bolo.

Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco. Caballo

Altitud, cuarzo, arena, bancales, caras norte y biodinámica

O Soro se convierte en la primera viña propia de un proyecto que cuenta hoy con 38 hectáreas. Hay, a mayores, 12 hectáreas de viñedo arrendado que poco a poco van siendo adquiridas, y para Louro, el vino de mayor volumen de la bodega, se compra también uva a viticultores de la zona.

Aunque será la última viña que visitaremos durante la jornada, O Soro es el origen del proyecto y, de alguna forma, es su piedra angular. Una fría “autopsia” nos dice que se trata de una parcela de 0,47 hectáreas orientada al suroeste, a 710 metros de altitud, en la falda norte del Valle del Bibei. Está plantada en bancales en 1978 con un clon original de Godello de vigor muy bajo que aquí se desarrolla en suelos de granito descompuesto. Más allá de la mera descripción, resulta fácil entender que esta sorte O Soro no es una viña más cuando Rafa se baja del pick up, abre la puerta de madera que da acceso a la finca y su cara comienza a iluminarse.

Rafael Palacios no sería nunca una estrella del póker. De inicio más bien tímido, no oculta su ilusión cuando se encuentra en un lugar tan especial como es su viña estrella. Sus ojos se iluminan, sus manos acompañan el discurso como si fueran ellas las que hablaran, enfatizando, señalando, catalizando toda esa energía de un verdadero amante de la viña y el campo, que recorre siempre junto a Chenin, su fiel e inseparable border collie.

Buen conversador, Rafa te escucha con el mismo esmero con el que te explica las características de un suelo de granito que se desmenuza entre sus dedos. No elude las preguntas, y no vas a encontrar flaquezas o contradicciones en aquello que cuenta.

Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco.

Sus manos acompañan el discurso como si fueran ellas las que hablaran, enfatizando, señalando, catalizando toda esa energía de un verdadero amante de la viña y el campo

Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco.

Rafa nos explica que la sorte O Soro se cultiva con tracción animal y aplicando los métodos de la agricultura biodinámica, siguiendo el calendario lunar para la poda, que tendrá lugar durante la próxima luna menguante, si bien podemos observar cómo las calles de la zona más baja han sido ya podadas, y la sarmienta espera para ser recogida. 

“Tenía el sentimiento de que de aquí se podía hacer un gran vino”, reconoce cuando habla de la viña que él mismo califica como su “niña mimada”; una niña mimada que madura muy bien y de forma homogénea, además de ser especialmente sana por las brisas que acarician las cepas constantemente en este emplazamiento y que hoy nos reciben con una suerte de fina lluvia casi horizontal. Algo tiene que ver que, pese a su altitud, Santa Cruz se encuentre protegida por dos montañas: Cabeza de Manzaneda y Peña Trevinca, dos colosos que detienen el frío y actúan de barrera natural, haciendo de esta zona un lugar histórico para el cultivo de la vid y el olivo, aunque este último iniciara su desaparición cuatro siglos atrás cuando el Conde-Duque de Olivares (valido de Felipe IV) impusiera gravámenes inasumibles de cuatro reales por olivo para desmantelar la producción gallega y favorecer la de sus posesiones en Andalucía.

Esta parcela no solo es el origen de su vino más valorado, sino que de ella sale la selección masal con la que se llevan a cabo los injertos y nuevas plantaciones. No obstante, Rafael es consciente de que las plantas son tan solo una pieza más del engranaje, algo que queda meridianamente claro mientras desmigaja la lasca de granito que hace unos instantes ha robado a la tierra para explicarnos la meteorización acelerada de este extraordinario suelo rico en cuarzo que la acción del tiempo y las lluvias dejadas por Nils, Oriana, por las que vinieron y las que llegarán convierten en arcillas de feldespato y en arenas brillantes con diminutos cristalitos de cuarzo.

Este suelo, de hecho, es tan rematadamente singular que el portainjertos 110 Richter, que es el más usado en Valdeorras y en tantos otros sitios, no se adapta nada bien a este terruño, en el que sus raíces sufren profundizando hasta encontrar nutrientes. “La gente de la zona me recomendó el portainjertos Rupestris du Lot, que enraíza a mayor profundidad, aunque la planta tarda más tiempo en ser productiva”, nos explica Rafa. Y esa sabiduría popular, o esa capacidad de escuchar y aprender, de aprender incluso de los propios errores, es otra de esas piezas del engranaje para elaborar ese gran vino blanco, sin ninguna duda.

Tierras fronterizas

El portainjertos de las nuevas cepas es un ejemplo más de la singularidad de la zona más alta de Valdeorras, fronteriza con la Ribeira Sacra. Contemplando esta viña y unas cuantas más que conoceremos durante la jornada nos damos cuenta, una vez más, de la trivialidad de las demarcaciones administrativas que hace que parcelas vecinas de dos distintas denominaciones tengan más en común que parcelas de distintas subzonas de una misma D. O.

Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco. Rafael Palacios y su border collie Chenin.

Rafael Palacios junto a su inseparable border collie Chenin (sobre estas líneas). Santuario de Santa María de las Ermitas, visto desde la viña Valverde.

Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco. Santuario de Santa María de las Ermitas.

Nuestro recorrido, en realidad, comenzará en Valdauga, un auténtico anfiteatro natural en el que las cepas son los espectadores inmóviles del río Bibei, plantadas en bancales contenidos por muretes de piedra seca que frenan la erosión del terreno mientras parecen dibujar las líneas de nivel de este abrupto paisaje en el que Rafael Palacios no ha dudado en hacer un mirador. Aquí aprenderemos que estas paredes reflejan el calor y la luz, y hay que tenerlo en cuenta para proteger los racimos de esa exposición parapetándolos con sus propias hojas.

En la pared de enfrente encontramos Valverde, la viña con la orientación más norte y desde donde posteriormente veremos A Sorte Antiga, la viña centenaria, la más antigua del proyecto de Rafael Palacios.

“Aquí cada viña tiene su identidad; cada parcela cuenta su historia”, nos explica Rafa, quien también nos aclara que el logotipo de su bodega, una cruz deconstruida, es una creación de Marta Lojo que hace referencia al cercano Santuario de Nuestra Señora de las Ermitas, un espectacular templo barroco encaramado a la roca a orillas del río Bibei visible desde el viñedo que es todo un icono de la zona. Marta Lojo, diseñadora de Barrantes con estudio en Cambados, ha creado junto a su socio, Kike López, etiquetas icónicas para Paco & Lola, Chivite, Remírez de Ganuza o Pazo Señorans. En el caso de Rafael Palacios, sus diseños son limpios, minimalistas, reflejando esa búsqueda de lo esencial que el elaborador riojano pretende que encontremos en sus vinos.

De vuelta a la bodega de Rafael Palacios

Tras visitar la viña de Os Caneiros –labrada con caballo, junto a alguna otra–, la sorte Souto –el viñedo que se vendimia más tarde de todo Valdeorras– y el prado ubicado a sus pies en el que Rafa guarda el caballo y la mula con los que trabaja, es hora de volver a la bodega. Antes, por supuesto, haremos en O Soro la última parada mientras Oriana parece comenzar a perder la paciencia y a invitarnos a volver a cubierto.

Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco. Viña Valdauga
Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco. Viña Valdauga

Valdauga es un auténtico anfiteatro natural en el que las cepas son los espectadores inmóviles del río Bibei, plantadas en bancales contenidos por muretes de piedra seca que frenan la erosión del terreno mientras parecen dibujar las líneas de nivel

Nuevamente en bodega, Rafa nos explica que lleva a cabo unas 70 vinificaciones diferentes, única manera de vendimiar cada cepa a su tiempo y de “conocer” cada parcela. Los vinos, de hecho, no se ensamblarán hasta después de las navidades o, como máximo, a finales de enero, que es cuando comienzan a expresarse con mayor claridad. Y aunque hay parcelas que claramente se destinan a un vino, otras pueden variar, y algunos vinos que no pasen la cata –sobre todo los vinos de las viñas más jóvenes– serán vendidos como graneles.

De todos modos, Rafa reconoce que cada año hay menos imprevistos, que hace años las diferencias entre las añadas buenas y las malas eran notables, pero a día de hoy ya no son tan dispares gracias no sólo al conocimiento de la viña sino a lo preparado que se encuentra el viñedo.

Antes de pasar a degustar los vinos, un rápido paseo por la bodega nos permite observar que no se ha escatimado en nada de aquello que pueda influir en la calidad del vino. En la zona exterior, siempre bajo techado, observamos una enorme cámara frigorífica para la recepción de uva, una prensa neumática Willmes de doble membrana y canales de extracción del mosto verticales y un generador de nitrógeno para trabajar siempre en ambiente reductivo. Ya en el interior, una gran sala con depósitos de acero inoxidable se emplea exclusivamente para el desfangado estático. No falta un buen puñado de foudres ni una sala de barricas con circuito de frío discretamente oculto tras unas canaletas de madera. 

Durante la visita, veremos una gran actividad tanto en la bodega como en el campo, donde 15 personas se dedican permanentemente a trabajar las viñas. De hecho, 22 familias viven de un proyecto que cada año elabora en torno a 220.000 botellas, de las cuales el 40 % se destina a la exportación, con más de 40 mercados abiertos.

Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco. Depósitos de acero inoxidable para el desfangado estático de Louro

Cata de los vinos de Rafael Palacios

Y hasta aquí, la “fase visual” de la visita. Ahora llega el momento de saber si realmente la tecnología sirve para reducir la intervención, si el cultivo ecológico, las caras norte, los suelos arenosos, la altitud, la elección del Godello y todas esas piezas que sumadas crean un complejo ecosistema sirven en realidad para elaborar ese gran vino blanco que es la obsesión de Rafael Palacios. 

Louro do Bolo 2024

Louro do Bolo (antiguamente, Louro) es, en esencia, un vino de pueblo, ya que sus uvas proceden de diferentes parcelas de O Bolo (en castellano: El Bollo), municipio orensano que comprende casi 20 parroquias, incluidas Santa Cruz, Chandoiro, Lentellais y Outardepregos, donde se encuentran esas parcelas de suelos franco-arenosos, con una altitud en torno a los 600 metros y rendimientos de entre 6.000 y 7.000 kilos por hectárea, con cuyas uvas se elabora este embajador de Valdeorras y el valle del Bibei.

Louro es el vino “popular” (que no básico, porque de “básico” hay poco aquí) del proyecto, con una producción anual de unas 200.000 botellas y uva tanto propia como de viticultores de la zona. Y si te preguntas por su nombre, louro, en gallego, significa “rubio”, un homenaje a un vino de la añada en la que nació Rafael Palacios reservado por su padre en una barrica hasta el día de su boda, siguiendo una costumbre familiar en la que cada hermano tenía su barrica y su apodo. 

Para elaborar Louro do Bolo, se emplean foudres de 3.500 litros de roble francés de los bosques de Normandía en los que se lleva a cabo la fermentación. Posteriormente, el vino se somete a una crianza sobre lías durante cuatro meses.

Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco. Foudres

En nariz encontramos un perfil de Godello marcadamente varietal, con abundante fruta blanca, ligeros aromas a monte bajo y notas minerales. En boca, es un vino de muy buena acidez, salino, afilado, con un sugerente final amargo, muy buen volumen pero nada pesado.

Es un vino que hemos catado frecuentemente y en diversas añadas, y siempre que lo vemos en una carta sabemos que tenemos una buena opción: amable, varietal, universal y con la suficiente enjundia para enfrentarse a casi cualquier plato. Hace ya tiempo, escribimos de su añada 2019: “Si lo catas a ciegas, nunca creerás que es la entrada de gama de la bodega, de una bodega con la que nunca te equivocarás y con la que el disfrute está asegurado”. 

As Sortes 2024

Cuando probamos la añada a la venta de As Sortes, la cosa se pone realmente seria. El punto de partida son algunas de las viñas más viejas del proyecto. Son pequeñas sortes plantadas a finales de los años 70 y principios de los años 80, adquiridas por Rafael Palacios entre 2004 y 2007. El nombre de este vino hace referencia a la costumbre de “sortear” las parcelas al repartirlas entre los herederos, convirtiendo estos pequeños minifundios o leiras en sortes por esa caprichosa metonimia que nos lleva a cambiar el laurel por la gloria o a hablar de canas en lugar de vejez.

Las viñas empleadas en As Sortes se encuentran en la cara norte del Valle del Bibei, en Santa Cruz do Bolo, a una altitud que excede los 680 metros. Son cepas de Godello de una media de 40 años procedentes en su mayoría de ese plan Revival, del que ya hemos hablado en otras ocasiones, que hizo que el Godello pasara de encontrarse casi en extinción a convertirse en una variedad extraordinariamente popular. 

Los suelos, como ya hemos visto, son de arenas graníticas, poco fértiles para la zona y con rendimientos de en torno a 4.000 kilos por hectárea, y la viticultura emplea tratamientos ecológicos siguiendo los principios de la biodinámica; todo un desafío especialmente durante los primeros años del proyecto. 

Tras el prensado en atmósfera inerte, el mosto fermenta en barricas de roble francés de 500 litros, y el vino se somete a una posterior crianza de ocho meses en barricas, a temperatura controlada. La producción de As Sortes es de entre 15.000 y 20.000 botellas.

Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco. Sala de barricas

De nariz algo menos intensa que Louro, muestra un perfil claramente más “de terruño”. Las plantas aromáticas son las protagonistas, con aromas a hinojo y florales anteponiéndose a los de fruta blanca. En boca es muy salino, intenso. Nos recibe con una destacable acidez que da paso a un trago de mucha longitud, muy fino, sorprendentemente equilibrado, cuyo final se diluye lenta y sutilmente, sin el repunte de amargor de Louro.

Es un vino muy fresco, que resuelve con maestría ese antagónico equilibrio entre intensidad y liviandad, dejando que el terruño se imponga sobre la variedad o que la variedad se convierta en el medio que da voz al paisaje, sin que la madera se perciba ni aunque la busquemos.

No es, tampoco, la primera vez que tenemos la fortuna de catar As Sortes. Sobre la añada 2019, comentamos que “en boca es increíblemente complejo, equilibrado y mineral, con un ataque vertical y puntiagudo, y un final largo y opulento”.

Sorte Antiga 2023

De alguna forma, nos encontramos ante el verso suelto del proyecto, un vino del que toca hablar ahora si los ordenamos por su precio o por su relevancia, pero que en realidad cataremos más tarde, dado su perfil más peculiar. Sorte Antiga es un vino parcelario de baja producción (en torno a 1.000 botellas), procedente de la viña más vieja del proyecto (fue plantada en 1920), que es además la única conducida en vaso; una sorte orientada hacia el norte en el valle del Bibei, a 680 metros de altitud, con baja densidad de plantación y suelos de granito mucho más compacto por su bajo contenido en mica. Su recuperación para el cultivo orgánico llevó diez años. No se laborea, sino que se hace mulching: se recubre de paja seca a fin de conservar la humedad durante los veranos.

Sorte Antiga es uno de esos vinos que nacen nuevamente del tesón, del ensayo y error, de no entender por qué el vino recién elaborado se encontraba tan lejos de lo que prometían los muestreos al catar las uvas. Algo fallaba en aquel engranaje, y la respuesta estaba en la elaboración, en la interpretación de la materia prima.

Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco. Cata
Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco.

Así, a Sorte Antiga se elabora macerando su mosto con las pieles, y es que descartar aquel hollejo de racimo pequeño y clon original era lo que marcaba la diferencia entre los muestreos y el vino terminado. Tras la fermentación y la maceración en tinos de roble abiertos, el vino se somete a una crianza de 12 meses en barricas usadas.

En este punto, Rafa Palacios nos explica que en gran medida “la gran evolución de este vino hacia un lado mas elegante y preciso se debe, como en el resto de elaboraciones en los últimos años, a Pablo Blanco nuestro director técnico”.

Lejos de la idea de un vino naranja, encontramos una gran elegancia en su nariz, que combina los aromas florales y frutales con equilibrio, siempre en compañía de aromas anisados y mentolados. La boca sí que es claramente tánica, pero sin asperezas. Es un vino directo, menos salino, con un marcado repunte de amargor en el posgusto que le dota de mucha personalidad. Es uno de esos vinos que se beben y también “se piensan”; se piensa sobre él y se piensa con él; tanto en la mesa como en la sobremesa. 

Sorte O Soro 2023

Cerramos esta cata desplazándonos nuevamente a O Soro, al inicio de nuestro relato, pero esta vez lo haremos sin levantar el culo del asiento. Sorte O Soro 2023 es la añada en curso del buque insignia de la bodega. Para Rafa Palacios es la mejor añada después de 2020 –bendecida con los 100 puntos Parker que han puesto a este elaborador en el olimpo de los dioses del vino– y de 2014. 

Tal y como ya hemos comentado, Sorte O Soro se elabora con uvas procedentes de una única parcela, una ladera abrupta de suelos arenosos con esquistos de cuarzo, orientación suroeste y hasta 710 metros de altitud que se abre a la falda norte del Valle del Bibei. Fue plantada en bancales en el 78 con un clon de Godello original, de vigor muy bajo.

Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco. O Soro
Viña de O Soro.

Sus uvas se prensaron en atmósfera inerte, y el mosto resultante fermentó en barricas de 500 litros con levaduras autóctonas y control de temperatura. Posteriormente, el vino, del que se elaboran unas 2.000 botellas, se sometió a una crianza de ocho meses en barricas.

Cuando lo catamos, encontramos un vino diferente. Su nariz es, sin duda, la más compleja; es varietal y es a la vez un reflejo claro del paisaje, mineral, con diversos matices de flores blancas, hinojo, monte bajo, un fondo de pera jugosa y sugerente en un marco elegante y muy equilibrado. Pero es la boca la que verdaderamente nos sorprende, con un trago muy largo en el que los factores cambian de orden, como si además de querernos hacer viajar en el espacio y mostrar un paisaje, quisiera que también viajáramos a una dimensión desconocida, en la que las cosas no son lo que parecen. Su entrada es amplia, el trago es extremadamente largo y es el final el que muy sutilmente va afilándose, mostrando su acidez de forma más amable mientras durante el viaje disfrutamos de su salinidad, de su elegancia, de su sapidez, de su frescura…

Muy adictivo y fácil de beber, es uno de esos vinos en los que no hay un “pero”, no hay un “está muy bueno, aunque si tuviera esto así o asá…”. Todo está en armonía, y ese quizá sea el secreto que diferencia un gran vino de un “simple” buen vino. Y lo que prometía ser uno de esos días que jamás se olvidan, acaba confirmándose como uno de esos días que jamás se olvidan, a pesar de Oriana, de su furia, sus chubascos y vientos.

Antes de despedirnos y emprender el camino de vuelta a nuestra casa por la serpenteante nacional 120 que nos lleva paralelos al Sil disfrutando la magia de los arcoiris, charlamos animadamente con nuestro anfitrión ante una mesa de cata en la que se presenta, de improviso, una botella de ese Sorte O Soro 2020 de los 100 puntos Parker. “Esto no lo he sacado para catar; es para disfrutar”, aclara Rafa con su sonrisa tímida. Y nosotros, que somos obedientes, le hacemos caso y nos limitamos a “disfrutarlo” sin hablar de él… al menos, de momento.

Rafael Palacios: La incansable búsqueda del gran vino blanco. Sorte O Soro 2020
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