Doscientos sumilleres, bodegueros, Masters of Wine y representantes de la prensa especializada llegados de medio mundo se dieron cita en el Puerto de la Cruz para asistir a la primera edición de Island Wines Summit, un congreso organizado por Vocento Gastronomía con el Cabildo de Tenerife y Turismo de Tenerife como promotores institucionales y la colaboración de Vinos de Tenerife. Durante tres jornadas a las que tuvimos la oportunidad de asistir, ponencias, catas magistrales y una visita final a bodegas de la isla trazaron un mapa que va de las Azores a Bozcaada, de Cerdeña a Japón, buscando una misma pregunta de fondo: qué tienen en común los vinos que nacen rodeados por el mar.
La respuesta, según pudimos ir comprobando copa a copa a lo largo del encuentro, es que el vino de isla constituye una categoría propia dentro del panorama vitivinícola internacional, no solo por el océano, los suelos volcánicos o los climas extremos que pueden compartir estos territorios, sino por la comunidad que se genera alrededor de una misma identidad, recordándonos que el terroir son también las personas.
Josep Roca nos sumerge en los Vinos de mar sin linde
El sumiller Josep Roca (El Celler de Can Roca) inauguró el congreso con una gran cata titulada Vinos de Mar sin Linde, un recorrido por ocho islas del planeta construido con pausa, con silencios y referencias literarias que definió como “copas llenas de magia, esfuerzo e insularidad”. Sentados entre el resto de congresistas, escuchamos a Roca defender el vino de isla como “una oportunidad para poder mostrar que lo auténtico prevalece” y resumir su lección con una frase que marcó el tono de todo el congreso: “las emociones interfieren en la calidad del vino”.
El viaje arrancó en la Île d’Yeu (Francia), frente a la costa de Nantes, con Blanc du Caillou Chenin 2023, de Domaine de l’Île d’Yeu, un proyecto pionero plantado sobre una parcela que había permanecido doce años en barbecho, con apenas 600 botellas en su primera añada. Le siguió Justino’s Project Listrão Biológico 2024, de Porto Santo (Madeira, Portugal), y Arinto dos Açores Solera Antonio Maçanita, de Azores Wine Company, elaborado en la isla de Pico (Azores, Portugal), un vino que Roca definió como “probablemente, el vino que más me ha marcado de todos los viajes que he realizado en los últimos tres años”.

Desde Tinos (Grecia) llegó Domaine de Kalathas 10+12 2022, y la cata continuó de vuelta en España con Suertes del Marqués Vidonia 2016, un vino que Roca describió como “una oportunidad de hacer hoy un acto de amor al vino que conecta con esta mirada del siglo XVIII”, y que a él mismo le devolvió a “ese Tenerife de hace 40 años cuando abrimos el restaurante”. Siguieron Motor Gold 2014, de 4 Kilos Vinícola, en Mallorca, y Sugrue Essex PN Crouch Valley 2022, procedente de Essex, una zona vitivinícola emergente en Inglaterra. Cerró el viaje Pasito 2015, desde la isla de Bozcaada (Turquía). Durante su exposición, Roca dejó una de esas frases que es casi una declaración de principios: “la muerte de las viñas nos duele y nos trastorna”.
Ciencia y mineralidad: tres miradas sobre un mismo enigma
El congreso dedicó buena parte de su segunda jornada a un debate que atraviesa toda la viticultura insular: qué es realmente la mineralidad y hasta qué punto es medible o solo percibida. Tres ponentes lo abordaron desde ángulos muy distintos, con una copa siempre en la mano para ilustrar cada argumento.
Jamie Goode repasó el auge del término “minerality” en el lenguaje del vino desde los años 2000 —pese a documentarse ya en 1945— y agrupó el vocabulario que suelen emplear los profesionales en tres bloques: el que remite a la piedra, el que describe sensaciones en boca como la acidez o la tensión, y el que apela al mar y sus notas salinas o yodadas. Su idea central, que resumió con rotundidad, fue que “no es posible coger el vino y dividirlo en 16 pequeños aromas, al final es un conjunto”.

Se apoyó en un trabajo académico centrado en Chablis que cruzó miles de notas de cata de sus Premiers Crus a lo largo de dos décadas para mostrar cómo el uso de la palabra “mineral” ha ido cediendo terreno frente a descriptores más precisos como “salino”, e ilustró la idea con tres vinos que fue sirviendo a lo largo de la charla: Barbeito Rocim and Barbeito A Meias 2020, blanco madeirense de Tinta Negra; Suertes del Marqués Edición 3 Tinto 2022, de Listán Negro; y Escursac 2024, monovarietal de Escursac elaborado por Soca Rel en la DO Pla i Llevant de Mallorca.
Pascaline Lepeltier, con veinte años de trayectoria como sumiller y diecisiete de ellos comprando vino en Nueva York, arrancó su ponencia con una idea que sirvió de punto de partida a todo su discurso: “se lleva haciendo vino en las islas desde siempre”. Pero enseguida matizó esa aparente uniformidad histórica con una advertencia que atravesó el resto de la charla: “hay muchas realidades diferentes dentro de los vinos de isla”. Situó el nacimiento de “vino de isla” como categoría reconocible, tal como la entendemos hoy, hace apenas veinte o veinticinco años, y fue recorriendo, vino a vino, los casos que la han construido: Santorini (Grecia) como primer gran modelo mediático gracias al Assyrtiko; Córcega (Francia), que pasó de 32.000 hectáreas de granel al renacimiento liderado por productores como Jean-Claude Abbatucci tras la crisis de los años setenta; el Etna (Sicilia, Italia), donde nombres como Frank Cornelissen ayudaron a fijar en el imaginario la asociación entre isla, volcán y vino natural; y Canarias, cuya imagen internacional ha cambiado por completo en la última década, al pasar de periferia española a símbolo de la “nueva España” para el mercado estadounidense. Cerró con Japón —un país formado por unas 40.000 islas— y con su advertencia final: “vino de isla” corre el riesgo de convertirse en una palabra tan útil como vaga si no se utiliza para explicar qué hace singular a cada lugar.

Fuimos catando ese mismo mapa a medida que avanzaba la ponencia: Keffalinos Zakynthos Verdea 2024, elaborado en la isla de Zakynthos (Grecia) con un coupage de seis variedades locales; Abbatucci Cuvée Ministre Impérial Rouge 2023, de Domaines Abbatucci en Córcega; Frank Cornelissen Munjebel Rosso CS 2021, Nerello Mascalese del Etna; Envínate Táganan Tinto 2023, coupage de variedades tinerfeñas como Negramoll, Listán Negro, Moscatel Negra, Listán Gacho y Vijariego Negro entre otras; Caracol dos Profetas Fazendas Areia 2023, elaborado en Porto Santo por Companhia de Vinhos dos Profetas e Villões; y Coco Farm Toaru Pinot Rosé 2023, procedente de Japón.
El debate se cerró con François Chartier en Ser o no ser mineral, ponencia que cuestionó la idea de que la mineralidad procede directamente de la roca y la presentó como una percepción que nace del cruce entre geología, microbioma, moléculas aromáticas, textura y memoria del catador.
Chartier fue muy directo desde el planteamiento inicial: “si la mineralidad fuera simplemente el sabor de la boca”, dos vinos de un mismo perfil deberían saber prácticamente igual, “no es el caso”. Estableció una frontera entre lo que llamó mineralización, es decir, los minerales que efectivamente contiene un vino, y la mineralidad propiamente dicha, que sitúa en el terreno de lo construido por el cerebro a partir de múltiples estímulos. Sobre la mesa fueron pasando dos blancos tinerfeños, Envínate Benje Blanco 2024 y Suertes del Marqués Vidonia VP Blanco 2024, frente a T-Oinos Clos Stegasta Asyrtiko 2022, de Tinos, y Cos Pithos Rosso Nero d’Avola 2023, elaborado en Sicilia.

Dos mares frente a frente: Mediterráneo y Atlántico
El congreso propuso también un ejercicio comparativo entre las dos grandes cuencas insulares del vino europeo, un viaje por su historia y sus viñas a través de los relatos de algunos de sus elaboradores.
En El Mediterráneo en Copa, Bernat Voraviu, fundador de Ithaca Wines, abrió con una afirmación que dejó pocas dudas sobre la escala de lo que iba a defender: “el Mediterráneo es el mayor espacio de diversidad cultural del mundo”. A partir de ahí construyó el hilo conductor de toda la sesión: “son vinos diferentes, de variedades diferentes, que hablan lenguas distintas, pero hay una presencia común en el Mediterráneo”.
Voraviu fue más allá al plantear que “tras la máscara del vino se esconde la identidad del entorno”, y quiso dejar claro que ese entorno no se explica por la pura química: “diseccionando el vino en elementos distintos no obtenemos respuesta sobre la identidad del vino, porque ésta es cultural”. Durante su intervención, Bernat dejó una idea clara: “el terroir no existe sin la intervención humana”.

Le acompañaron Andrea Foti, de I Vigneri en el Etna, que situó su Carricante de Milo en un viñedo a caballo entre el mar y el volcán, donde la actividad eruptiva reciente está devolviendo juventud a suelos antiguos; Yiannis Kyriakidis, de Vouni Panayia, en Chipre, quien reivindicó una isla que nunca conoció la filoxera y cuya tradición vitivinícola se remonta varios siglos atrás; y Aimilios Andrei, de Aôri Winery, en Creta (Grecia), que describió su isla como un territorio de dimensiones casi continentales, moldeado por la barrera climática de las Montañas Blancas. Fuimos degustando, a medida que cada uno intervenía, los seis vinos del pase: I Vigneri di Salvo Foti Vigna di Milo 2024; Vouni Panayia ‘The Woman in the Wine Press’ 2022; VikeVike Granazza 2022, de Cantina VikeVike en Cerdeña (Italia); Esole Ghirada Garaunele A 2024, también desde Cerdeña; Aôri Kotsifali 2023, para nosotros el descubrimiento del congreso ; y Badalucco Pipa 1999, un Grillo siciliano que aportó la profundidad de la añada más antigua de toda esta charla.
Frente a esa mirada mediterránea, el Top Tasting Atlántico, moderado por Paz Levinson —al frente hoy de la sumillería del grupo Anne-Sophie Pic, en Francia— con Jonatan García Lima (Suertes del Marqués), Roberto Santana (Envínate) y Antonio Maçanita (Azores Wine Company), planteó el presente y futuro del vino atlántico partiendo de Canarias pero sin quedarse encerrado en el archipiélago.
Levinson definió su propia manera de entender la profesión con una frase que marcó el tono de la sesión: “para mí, el restaurante es una escuela, el mejor sitio donde aprender”. Desde esa mirada pedagógica defendió que “creo que en Francia hay una puerta abierta a estos vinos de isla”, pese a lo costoso que resulta introducir referencias extranjeras en un mercado todavía volcado hacia lo propio. García Lima defendió el potencial de las viejas viñas de Listán Blanco del Valle de la Orotava, antaño destinadas al granel; Santana reivindicó la Listán Prieto como uva de futuro por su resistencia al calor y su parentesco con variedades que cruzaron el Atlántico hace siglos; y Maçanita presentó tanto el Arinto dos Açores de viñedos casi a nivel del mar en Pico como la Tinta Negra madeirense, uva mayoritaria en la isla pero tradicionalmente relegada a un papel secundario.

Fuimos catando, según se sucedían las intervenciones, Envínate Palo Blanco 2024 y Suertes del Marqués Edición 3 Blanco 2024, ambos tinerfeños; Antonio Maçanita Vinha dos Utras 2022, Terrantez do Pico elaborado en la isla de Pico; Envínate Benjé 2024, coupage de variedades locales poco conocidas como Negramoll, Listán Gacho o Vijariego Negra; Antonio Maçanita Nuno Faria Tinta Negra dos Villões 2022, fruto de la colaboración entre Azores Wine Company y FitaPreta, en Madeira; y Suertes del Marqués Las Suertes 2022, procedente de la parcela de altura antes conocida como El Ciruelo. Repasando el conjunto de catas dirigidas del congreso, nos llamó la atención un detalle: en ninguna de ellas se sirvió un vino canario que no fuera de Tenerife, pese a la pujanza vitivinícola que viven también otras islas del archipiélago.
Dulzura insular y la memoria de las islas
Matteo Montone, director de vinos del Grupo Maison Estelle, cerró el capítulo de catas magistrales con una Gran Cata Internacional de Vinos Dulces Insulares que recorrió cinco expresiones procedentes de cuatro islas, sirviendo cada vino según iba desgranando la historia de su territorio. Arrancó en Tenerife con Humboldt Tinto Dulce 2001, de Bodegas Insulares de Tenerife, un tinto que pasa casi dos décadas en madera americana.
Desde allí viajó a Pantelleria (Italia) con Ben Ryè 2023, el célebre passito siciliano de Donnafugata, sostenido por el cultivo tradicional en albarello pantesco, forma de conducción que protege las cepas del viento y el calor extremo de la isla. Le siguió Petrakopoulos Muscat 2022, de Cefalonia (Grecia), cuyas uvas se secan al abrigo del sol directo hasta lograr un vino de graduación media y buena carga de dulzor.

El pase se cerró con dos expresiones del Vin Santo de Argyros, en Santorini, que muestran cómo una crianza distinta puede transformar por completo un vino nacido en el mismo viñedo: Argyros Vin Santo Late Release 2017, de crianza mixta entre cemento y madera, y Argyros Vin Santo Heritage 1982, la referencia más longeva de todo el congreso, con cuarenta años de envejecimiento en barrica a sus espaldas y fruto del trabajo continuado de tres generaciones de la familia Argyros.
Insularidad como identidad agrícola
Una de las sesiones que más nos hizo pensar llegó con la mesa redonda La insularidad como refugio del patrimonio vitivinícola atlántico, con Fernando Mora, Antonio Maçanita, Rodrigo González y Borja Pérez. Mora abrió el debate con una frase que funcionó como declaración de intenciones: “del vino nos interesa cada pequeño detalle”. Defendió el valor de una botella como la forma más honesta de conocer un territorio sin moverse de casa: “creo que no hay enoturismo más brutal que una botella de vino”. Y situó el punto de partida de todo lo que se discutiría después en una idea sencilla: “el aislamiento es uno de los elementos comunes de las islas”. Puso como ejemplo el cultivo conjunto de la papa bonita bajo la viña conducida en cordón trenzado del Valle de la Orotava, símbolos de un aprovechamiento inteligente del suelo.
Maçanita relató la recuperación de los viñedos de Pico, prácticamente detenidos durante décadas tras el paso de la filoxera, y explicó cómo el regreso al cultivo ha multiplicado el valor de la uva hasta niveles impensables hace apenas una generación. Presentó AWC Terrantez do Pico 2023, elaborado con una variedad local descendiente del Verdelho, vinificado sin apenas intervención y con una crianza sobre lías pensada para preservar la frescura salina que caracteriza a estos vinos.

Rodrigo González aportó la mirada del sumiller expatriado, orgulloso de haber sido testigo de cómo el vino canario ha pasado de figurar como simple nota a pie de página —agrupado sin distinción junto a Madeira o Jerez en las cartas decimonónicas de restaurantes neoyorquinos— a ocupar hoy un lugar propio en las guías y en la restauración internacional, y presentó Suertes del Marqués El Ciruelo 2017 y Envínate Migan 2018 como ejemplos de tintos de suelo volcánico.
Borja Pérez, cuarta generación de viticultores en La Guancha, sirvió Ignios Marmajuelo 2013, un blanco criado en madera nueva al que costó encontrar comprador en su momento y que, más de una década después, demuestra una capacidad de envejecimiento que nadie hubiera anticipado entonces.
Fue precisamente Fernando Mora quien, ya en la jornada final del congreso, ofreció una reflexión que define a los vinos tinerfeños: comprender los vinos de Tenerife exige entender la combinación entre insularidad y vulcanismo que define a la isla. “Es complejo saber dónde termina el efecto de insularidad y dónde empieza el del vulcanismo”, explicó el Master of Wine, que describió el viñedo tinerfeño —con cepas centenarias en pie franco trabajadas con cordón trenzado— como “el jurásico de la viticultura”.
Los 12 vinos imprescindibles de Island Wines Summit
- Arinto dos Açores Solera Antonio Maçanita (Azores Wine Company)
- Vidonia 2016 (Suertes del Marqués)
- Escursac 2024 (Soca Rel)
- Caracol dos Profetas Fazendas Areia 2023 (Companhia de Vinhos dos Profetas e Villões)
- Ghirada Garaunele A 2024 (Esole)
- Kotsifali 2023 (Aôri Winery)
- Palo Blanco 2024 (Envinate)
- Edición 3 Blanco 2024 (Suertes del Marqués)
- Antonio Maçanita Vinha dos Utras 2022 (Azores Wine Company)
- Clos Stegasta Asyrtiko 2022 (T-Oinos)
- AWC Terrantez do Pico 2023 (Azores Wine Company)
- El Ciruelo 2017 (Suertes del Marqués)
Bruma y viñedo en el Valle de Güimar
El congreso se cerró con una visita profesional a once bodegas tinerfeñas —entre ellas Altos de Trevejos, Suertes del Marqués, El Lomo, Viñátigo, Tajinaste, El Sitio, Linaje de Pago y Cráter—, una jornada que sustituyó las ponencias por el paisaje. Nuestra ruta particular nos llevó hasta dos bodegas situadas en el Valle de Güimar, en el sureste de la isla: Tempus y Ferrera, con Darío López —guía turístico de la isla y el encargado del enoturismo en Ferrera+— acompañándonos durante todo el recorrido. Fue, además, la única jornada del congreso en la que el cielo soleado no acompañó: una bruma persistente cubrió las laderas mientras caía una lluvia fina pero constante, dando a los viñedos un aire de plató de película de misterio, con el verde de las cepas asomando entre la humedad y el silencio propio de la altitud.
En Tempus nos recibió Tomás Mesa, el enólogo general de la bodega con un paseo por pequeñas viñas plantadas en bancales alrededor de la propia bodega, donde la presencia de picón —esa piedra pómez ligera y porosa, resultado de erupciones muy explosivas— marca una diferencia radical frente a los suelos del norte tinerfeño. La bodega trabaja variedades como Listán Blanco, Listán Negro, Malvasía Aromática, Moscatel de Alejandría y Albillo Criollo, y lleva cinco años inmersa en una conversión al cultivo ecológico que, como nos explicaron, exige paciencia: sin fertilizantes ni herbicidas, el suelo tarda tiempo en regenerar su propia vida orgánica.

Los vinos más singulares de la visita procedían de dos parcelas de altura, donde el pH bajo y la acidez muy alta marcan el carácter del vino: Aurora, a 1.200 metros, con alrededor de 1.100 botellas, y Candela, a 1.400 metros, con apenas 400 o 500 botellas, ambas elaboradas con bajos niveles de sulfuroso. Fueron, sin duda, los vinos que más nos enamoraron de toda la visita.
En Ferrera, además de Darío, nos recibieron Carmen Gloria Ferrera y su hijo Juan Rubén Ferrera, actual enólogo y director de la bodega, segunda y tercera generación al frente de un proyecto familiar nacido en los años 40. Fue un cierre de ruta distinto al resto del congreso: más pausado, más íntimo, con la bruma todavía enredada entre las cepas y la lluvia fina cayendo suavemente mientras degustábamos los vinos de la bodega.

Más allá de nuestra ruta particular, la experiencia colectiva de esta última jornada permitió a los participantes comprender cómo cada bodega interpreta la isla desde una mirada propia: la altura, el suelo, las variedades locales, el trabajo en viñedo o la tradición familiar. Fuera ya de las sesiones programadas, las comidas compartidas a lo largo de esos días fueron también parte esencial del congreso: en ellas pudimos catar muchos otros vinos tinerfeños y departir con varios de sus elaboradores, en un ambiente distendido que completó la experiencia formal de ponencias y catas.
Nos vamos de Tenerife con la sensación de haber asistido a algo más que un congreso: Island Wines Summit deja tras de sí el germen de una red internacional que, por primera vez, sitúa a las islas del vino en un mismo mapa vitivinícola.
Miguel Ángel Millán, guardián de los vinos de Tenerife
El cierre de la segunda jornada trajo consigo la presentación de la figura del “guardián de los vinos de Tenerife”, un embajador anual, siempre ajeno a la isla, encargado de custodiar y difundir su identidad vitivinícola fuera de sus fronteras durante todo un año, en eventos y cartas especializadas de medio mundo.
El jurado valoró el conocimiento del territorio, la trayectoria profesional, la capacidad de comunicación y el compromiso con la cultura local para elegir, por unanimidad, a Miguel Ángel Millán como primer guardián de los vinos de Tenerife para 2026. Millán agradeció el reconocimiento y se comprometió a ejercer de embajador de los viticultores de la isla, destacando el presente extraordinario y el futuro “absolutamente brillante” del vino tinerfeño.
