Ànima Negra es uno de esos proyectos que nacen con una identidad tan clara y tan bien definida que el paso del tiempo no los difumina. Fundada en 1994 en la antigua possessió de Son Burguera, cerca de Felanitx, en el sureste de Mallorca, la bodega que levantaron Miquel Àngel Cerdà y Pere Obrador sobre una edificación del siglo XIII lleva más de tres décadas haciendo exactamente lo que se propuso desde el primer día: entender la relación entre el clima, la tierra y las variedades autóctonas de la isla para elaborar vinos que no le deban nada a las modas. Hoy, ese legado tiene un nuevo rostro.
La presentación de Laura Binimelis como directora técnica de Ànima Negra tuvo lugar en Madrid, durante una comida en el restaurante Ovillo; una ocasión que sirvió para conocer a la mujer que ha tomado el relevo de un proyecto construido con décadas de trabajo y que ahora afronta nuevos retos debido al mayor número de bodegas en las islas y al cambio climático.
Laura llegó al vino por una puerta inesperada. Bióloga formada en Salamanca, fue durante las prácticas de un máster en nutrición y control de calidad de los alimentos cuando todo cambió. Las prácticas las realizó en el laboratorio de Ànima Negra, y lo que empezó como una estancia académica se convirtió en una historia de amor con la bodega y con la Callet, la variedad fetiche de la casa. Eso fue hace diez años. Desde entonces, Laura no se ha marchado; empezó trabajando en ese mismo laboratorio y ha ido ganando responsabilidad de forma progresiva hasta llegar a la dirección técnica, un ascenso que dice tanto de su valía como del tipo de proyecto que es Ànima Negra; uno en el se valora mucho a la gente con la que se trabaja día a día y se fomenta la promoción interna.

Durante la charla Laura nos comenta que lo que aporta a la bodega es “un control más exhaustivo en la elaboración”; su formación hace que vea las cosas desde un punto un poco más científico sin olvidar el espíritu de Ànima Negra.
Y ese bagaje científico no es aquí un complemento, sino una herramienta de trabajo cotidiana. Porque el campo y la bodega que lidera Laura no son los de hace diez años. El cambio climático está dejando su huella en los viñedos mallorquines de formas que van más allá de las temperaturas o las lluvias: Laura nos cuenta que está encontrando muchos más hongos y bacterias, tanto en el campo como en la bodega, una presión biológica que exige respuestas nuevas y conocimiento profundo. La incorporación de tecnología de drones para trabajar de forma más sostenible y el uso del ozono como método de desinfección ecológica —sin residuos químicos, manteniendo intacta la calidad organoléptica del vino— son dos de las líneas de I+D que Ànima Negra tiene ya en marcha bajo su dirección.
Todo ello se lleva a cabo sin perder de vista la filosofía que ha hecho grande a esta bodega: la convicción de que la enología se hace en el campo y que la bodega no es más que un templo para conservar la autenticidad de la relación entre la planta, el suelo y el clima.
Las aproximadamente 150 microparcelas que forman el viñedo de Ànima Negra se distribuyen en un radio de 10 kilómetros alrededor de la bodega, con la excepción de cinco viñas en el oeste de la isla. Se trata de viñas viejas de Callet, Mantonegro, Fogoneu, Premsal Blanc y Giró Ros plantadas en suelos diversos, que conviven entre árboles frutales —albaricoqueros, perales, melocotoneros, ciruelos, cerezos— y que la bodega vendimia a mano y a cuyas uvas aplica selección óptica grano a grano. Una de las claves más singulares del trabajo de Ànima Negra es el uso exclusivo de levaduras autóctonas de sus propias viñas, seleccionadas y conservadas durante años en un banco genético propio que permite profundizar en la tipicidad de las variedades de la isla. Es esa tipicidad la que recorre, de una forma u otra, todos los vinos que la bodega vende hoy en más de cuarenta países.
Los vinos de Ànima Negra
Durante la comida, y de la mano de Laura, recorrimos casi toda la gama de Ànima Negra a través de sus últimas añadas disponibles, completando la sesión con una pequeña cata vertical del ÀN; una sucesión de vinos que, desde el blanco al tinto, muestra las distintas interpretaciones que la bodega hace del viñedo mallorquín y de sus variedades autóctonas.
Quíbia 2025
El único blanco de la gama es un coupage construido sobre dos variedades autóctonas en proporciones muy distintas: un 20 % de Premsal Blanc y un 80 % de Giró Ros. La vendimia arranca por el Giró Ros a finales de agosto y continúa con el Premsal a principios de septiembre; las uvas se trabajan por separado —dos maduraciones, dos procesos— y solo se ensamblan después de tres meses de crianza sobre lías en acero inoxidable, con la particularidad de que un 10 % del vino pasa seis meses en barrica de acacia. La fermentación alcohólica, a 17 ºC, se realiza con las levaduras autóctonas del banco genético propio.
En copa, Quíbia 2025 es un vino donde la fruta blanca, los cítricos y las flores conviven con notas minerales que le dan estructura y personalidad. Es un vino equilibrado, fácil de beber, aunque al ser tan reciente su embotellado todavía necesita un poco de tiempo para asentarse y mostrar todo su potencial. Es un vino blanco con alma mediterránea.
ÀN’R 2025
El rosado de Ànima Negra es una rareza en el panorama balear: el único elaborado exclusivamente con Callet, una variedad que aquí encuentra una expresión completamente diferente a la de los vinos tintos. Procede de viñas seleccionadas de la zona de Son Negre, sobre suelos calcáreos con escasa retención de agua —esa tierra rojiza que en Mallorca llaman call vermell— y con el beneficio de los vientos diurnos conocidos como embates, que ayudan a mantener la planta sana. La uva pasa una noche en cámara fría a 2 ºC antes de macerarse con su piel durante unas 20 horas; después se elabora en depósitos de acero inoxidable a temperatura controlada y tiene una crianza de cuatro meses en cemento.
Estamos ante un vino expresivo y muy interesante: en nariz aparece fruta roja delicada y rosas. La boca confirma esa elegancia, con una sutileza casi etérea: buena acidez, volumen sin pesadez, y un amargor final que alarga el trago de una forma muy agradable; un rosado elegante, con personalidad propia.
ÀN/2 2023
Si el rosado es la cara más delicada de la Callet, el ÀN/2 es la puerta de entrada a su lado más vinoso. El coupage reúne un 65 % de Callet con un 20 % de Mantonegro y Fogoneu y un 15 % de Syrah; la fermentación alcohólica se lleva a cabo en depósitos de acero inoxidable y cemento con levaduras autóctonas, y la crianza se extiende durante 12 meses en barricas de roble francés y americano de 225 litros.
En la copa de la añada 2023 encontramos fruta roja y negra entrelazada con regaliz, un punto goloso y perfumado en nariz que resulta seductor. La boca es fácil y deliciosa, más madura que en otras añadas, con un trago frutal donde la acidez está bien presente y el tanino es amable, sin aristas. Es un vino que se bebe con facilidad, pero que tiene mucho más que contar de lo que aparenta a primera vista.

ÀN 2019, 2022 y 2023
ÀN es la referencia más carismática de la bodega, el vino que mejor resume décadas de trabajo por entender la Callet en profundidad; un monovarietal fermentado con levaduras autóctonas en tinos de roble francés de 4.000 litros y criado durante 16 meses en barricas nuevas de roble francés de grano muy fino, con la maloláctica también en madera, para terminar con dos meses en cemento antes del embotellado.
Para describir mejor todo el potencial de este vino hicimos una pequeña cata vertical de tres añadas.
ÀN 2019 llegó a la copa con señales de evolución, pero todavía muy vivo. La fruta sigue presente, y el trago es complejo, equilibrado y largo. Es un vino que está sabiendo envejecer.
La añada 2022 se mostró probablemente como la versión más fresca de los tres referencias, con la Callet expresándose con claridad y vivacidad, aunque quizás con algo menos de complejidad que su hermano mayor.
Y luego estaba el 2023. Fue sin duda nuestro favorito; un vino que tiene todo en su sitio: fruta, estructura, carácter mineral, tensión… La Callet en su versión más expresiva y equilibrada, con esa capacidad de ser a la vez silvestre y poderosa sin perder un ápice de elegancia. Es el tipo de vino que hace que uno se pregunte cómo estará dentro de cinco años.
Ànima Negra lleva más de treinta años apostando por hacer vinos que cuenten dónde nacen, de qué variedades vienen y quién los ha elaborado. Con Laura Binimelis al frente se apuesta por la continuidad a la vez que se refuerza la parte más técnica sin olvidar que el vino empieza mucho antes de la bodega, y que entender la biología del suelo y la planta es fundamental para que todo lo demás cobre sentido.
