El Hato y el Garabato. José Manuel Beneitez
Viñedos viejos sobre suelos pobres de arcillas y granito, variedades autóctonas, vinos verticales en los que la fruta y el terruño se combinan para contar la historia de una tierra fronteriza donde la vida nunca ha sido fácil. Este es el sustrato de El Hato y el Garabato, el proyecto vitivinícola de José Manuel Beneitez y Liliana Fernández en Arribes del Duero.

José Manuel Beneitez nos recibe en Formariz, una antigua dehesa zamorana convertida hoy en pueblo; casas bajas de piedra que hacían a la par las funciones de cuadra y de vivienda. En esta población de unos cien habitantes, José Manuel, Liliana y sus dos hijas se han reinventado como una familia de viticultores. Allí, en una casa rehabilitada, se sitúa El Hato y el Garabato, una bodega en la que los frutos de las cerca de ocho hectáreas de viñedo controladas por esta pareja de ingenieros de montes se transforman en una gama compuesta, por el momento, por cuatro diferentes etiquetas que tratan de expresar la identidad de las uvas autóctonas de los Arribes del Duero.

El Hato y el Garabato. Cubas de acero inoxidable
Cubas de acero inoxidable en la parte cubierta del patio de la bodega El Hato y el Garabato, en Formariz.

Pero nuestra visita comienza, en realidad, recorriendo parte del viñedo del proyecto, más de 30 parcelas ubicadas mayoritariamente en la penillanura, donde los suelos pobres de granito y arena dan soporte a un anárquico tapiz de cepas viejas de Juan García, Rufete, Bruñal y Doña Blanca. Tan solo una parcela, de uva blanca, cuenta con cepas jóvenes, de entre 10 y 40 años.

El otoño en Arribes del Duero

Estamos a principios de noviembre, disfrutando de un tiempo anticiclónico que invita a caminar por el viñedo contemplando las hojas de unas plantas cuyo ciclo vegetativo se encuentra casi a punto de acabar. Las hojas secas, de colores surtidos, nos hablan de la enorme mezcla de variedades de una misma parcela, de frutas que maduran en diferente fecha y de un terruño en el que conviven las uvas blancas con las uvas tintas. El origen de algunas de estas uvas, con casi tantos nombres como viticultores, se pierde en el olvido.
–Aquí a la Doña Blanca, por ejemplo, la llaman Malvasía, erróneamente –nos comenta un locuaz José Manuel–. Y es un follón, porque la Denominación de Origen no recoge la uva Doña Blanca, que es la autóctona, pero sí contempla la Malvasía, que es el nombre que se metió en el pliego al fundarse la D. O.

El Hato y el Garabato. José Manuel Beneitez

José Manuel disfruta en el viñedo. Sonríe mientras habla con vivacidad, con una extraña mezcla de pasión y de objetividad. Es enfático, pero a la vez escucha. Gesticula con brazos y con manos, y su discurso salta de la geología a la zoología, y de la agricultura a la política, esbozando la historia de la viticultura de la zona.
–El cáncer de la zona fue la Cooperativa, junto con la venta de derechos. La Cooperativa llevaba ya dos años sin pagar cuando entramos en la Unión Europea y comenzó la venta de derechos de viña. La gente arrancó sus cepas a cambio de dinero, y se perdió la mayor parte del viñedo de Arribes.

El Hato y el Garabato. José Manuel Beneitez rompe el sombrero de una fermentación
José Manuel Beneitez rompiendo el sombrero del mosto de una fermentación.

El daño ya está hecho. Los derechos arrancados de Arribes se plantaron en Rueda o en Ribera del Duero, y en unos pocos años el “pan para hoy” pasó a convertirse en “hambre para mañana”, y lo que eran cientos de hectáreas de viñedo se convirtió en parcelas aisladas que añaden a su bajo rendimiento el aumento de coste que implica desplazarse entre ellas para trabajarlas.
La parte buena de la tierra pobre es que el trabajo cunde y el viñedo es muy sano, ya que apenas llueve, y en la penillanura las parcelas están bien ventiladas. Dos vueltas de arado, una poda dejando de cuatro a cinco pulgares más bien cortos y una o dos pasadas de azufre son el grueso del trabajo en la viña. No todos los años se hace poda en verde, ya que la mayoría de las plantas tiene entre 80 y 120 años, y la producción es realmente baja.
–Las plantas viejas se “auto-regulan” –nos comenta José–. Sacan adelante los racimos que tienen. No suele hacer falta descargarlas.

Otro Cuento 2018

Mientras hablamos, en el propio viñedo, José Manuel descorcha una botella de Otro Cuento 2018, un monovarietal de Doña Blanca (llámese Malvasía) cuyas uvas no se despalillan, se prensan y pasan al depósito. Cuando el mosto comienza a fermentar (huelga decir que con las levaduras propias), la mitad se trasiega a barricas, donde pasa entre cuatro y seis meses, sin bazuqueos, y la mitad se queda en el depósito. Se mezclan las dos partes, se clarifica por el frío ambiente en el patio de la propia bodega, y se embotella sin filtrar. La producción oscila entre las 1.000 y las 2.000 botellas. Lo cierto es que es un blanco con personalidad, pero entra solo. Es fresco y mineral, a la vez que ligero (tiene solamente 12,5 grados), lo que no le impide ofrecer una buena intensidad frutal… Si nos descuidamos, acabamos la botella. Y aún tenemos mucho que catar.

El Hato y el Garabato. Otro Cantar
Otro Cuento 2018 es un monovarietal de Doña Blanca de Arribes del Duero elaborado por El Hato y el Garabato.

Ya en la bodega, continuamos hablando de un proyecto que arrancó en 2015 con la única viña propia que tiene la pareja, heredada del bisabuelo de José Manuel. En 2018 recogieron ya 18.000 kilos de uva, y el 70 % de sus vinos se vende fuera: en Suiza, Reino Unido, China, México, Bélgica y Alemania.
José Manuel no oculta su ilusión mientras nos enseña las instalaciones, su prensa vertical motorizada, su depósito de hormigón de 82 hectolitros, su sala de crianza… siempre hay una historia, siempre hay una anécdota detrás de cada pieza de este rompecabezas que con tanto esfuerzo José y Liliana tratan de completar.

El Hato y el Garabato. Prensa vertical
Prensa vertical motorizada en la bodega El Hato y el Garabato.

En cualquier caso, la bodega es mucho más seria que otras instalaciones de proyectos de mayor empaque que hemos conocido en otras ocasiones. De entrada, cuenta con un gran patio, parcialmente cubierto, con un acceso amplio y un suelo de cemento; un lugar perfecto para recibir la uva en la vendimia, hacer fermentaciones y disponer de espacio para poder moverse. Desde el patio se accede a la nave en la que las barricas (cerca de sesenta) comparten sitio con el botellero.

El Hato y el Garabato. Botellero
Botellero de la bodega El Hato y el Garabato.

Allí, rodeados de barricas de roble francés de las mejores marcas (Billon, Damy, Adour, Dargaud & Jaegle o la codiciada Taransaud T-5, cuya madera de grano extrafino se cura al aire durante cinco años), probamos numerosos mostos de 2019, incluido un monovarietal de Puesta en Cruz que quizá se convierta en una nueva marca, y descorchamos el 2018 de Sin Blanca y La Xefa. El primero se elabora fundamentalmente con Juan García, quizá la uva estrella de los Arribes, una fruta delicada, de piel muy fina, perfectamente adaptada a este terruño y perfectamente capaz de trasladar el terruño a la copa. En cada añada se elaboran entre 8.000 y 9.000 botellas, por lo que es un auténtico best-seller. Pero para nosotros Sin Blanca es, por encima de todo, el vino con el que supimos de la existencia de esta bodega.

El Hato y el Garabato. La Xefa
La Xefa es el primer rosado de El Hato y el Garabato.

Por su parte, La Xefa es una petición expresa de Liliana. Ingeniera de montes y licenciada en ciencias ambientales, Liliana completó su formación estudiando marketing y gestión de empresas especializadas en vino durante su estancia en Australia. Por su parte, José Manuel ha trabajado en Toro (Dominio del Bendito), en California, en Portugal (en Niepoort) y en el Barossa Valley australiano, y fue precisamente en su estancia en Australia donde Liliana y él decidieron hacerse cargo de una vieja viña que habían heredado, hacerse con algunas otras más y empezar a elaborar su vino.

Con uvas autóctonas, cepas viejas y un terroir único, Arribes tiene potencial para consagrarse como uno de los próximos descubrimientos del mundo del vino, aunque por ahora los productores que hacen vinos únicos y de calidad se cuentan con los dedos de la mano.

La Xefa, comentábamos, es un rosado con alma de clarete. Fermenta en barricas (hasta cuatro) sin despalillar, y allí descansará entre cuatro y seis meses. Y aún nos queda hablar de un vino de parcela: De Buena Jera pretende reflejar cada tipo de suelo. Por eso cada año se elige una parcela diferente, con la cual se elaboran dos o tres barricas. Quizás en el futuro la bodega diseñe una marca específica para los vinos que se alejan más de la ortodoxia, como un vino naranja procedente de uvas sin despalillar que no tendrá sulfitos añadidos sobre el que trabajan. Quién sabe.

El Hato y el Garabato. Barricas de roble francés
Sala de barricas de la bodega El Hato y el Garabato.

Lo que sí sabemos es que, por el momento, la bodega necesita aún algún que otro empujón para avanzar. Necesita futuros compradores, bebedores de vinos que sepan, por lo menos, dónde están los Arribes. Y para ello, nos comenta José, hace falta más gente, más bodegueros, más viticultores. Hace falta masa, una masa crítica que sea suficiente para promocionar los vinos y la zona fuera de las fronteras naturales de esta hermosa región, de esta tierra pobre donde la vida nunca ha sido fácil.

El Hato y el Garabato. Barricas de roble francés de 500 litros
Barricas de 500 litros de roble francés.