El XI Salón de Vinos Radicales dedicó una cata especial a desentrañar uno de esos vinos con un halo de misterio: los vinos rancios. Y es que no existe una definición exacta para estos vinos ancestrales. Como señaló Marie Louise Banyols, la experta francesa que este año recibió el premio Radical del Año: “Todos los vinos rancios son vinos oxidativos pero no todos los vinos oxidativos son vinos rancios”.
¿Dónde radica entonces la diferencia? Los vinos rancios no son simplemente vinos que se han oxidado. Son vinos tradicionales de crianza oxidativa intencional y controlada, sometidos a procesos que aceleran deliberadamente su envejecimiento para desarrollar características únicas: aromas complejos a frutos secos, miel, almendras, toques balsámicos y un color que varía del ámbar al pardo oscuro. Nacen de uvas blancas principalmente, aunque también existen ejemplos elaborados con uvas tintas, con graduaciones alcohólicas elevadas, y su oxidación es buscada, no accidental.
Una cata que revela la esencia del vino rancio
La cata inaugural del Salón de Vinos Radicales presentó ocho vinos que funcionaban como fragmentos de un mismo puzle. Comenzaba con el Abyss de Domaine Les Arrels, una joven apuesta elaborada con Garnacha Blanca, Garnacha Gris y Moscatel con tres años de crianza oxidativa en bota, donde la vendimia tardía ayuda a alcanzar el nivel de alcohol necesario para elaborar este tipo de vinos; un primer paso en el viaje hacia la comprensión de los vinos rancios.
Pero fue el Bertolino Perpetuo, de Sicilia, el vino que más nos gustó, un vino que capta la esencia de lo que significa un vino rancio tradicional. Elaborado con Catarratto, Grillo, Damaschino e Inzolia, este vino comenzó como un regalo singular: una bota con vino perpetuo que un productor amigo regaló a Salvatore Bertolino, quien de adolescente vendimiaba en sus viñas. Tradicionalmente estas botas pasan de padres a hijos durante generaciones, pero en este caso el regalo de un productor amigo inauguró su linaje familiar. Su nariz revelaba frutos secos y orejones, mientras la boca desplegaba una acidez noble con un final sápido; un vino que contaba historias de Sicilia occidental.
La Vallée des Abeilles Rancio de Domaine La Rectorie, monovarietal de Garnacha Gris criado en botas en el exterior, comenzaba a desvelar cómo la exposición al sol y las variaciones de temperatura transforman el vino. Poco después, el Voile D’Argile llegaba con casi cinco años de envejecimiento en botas de 225 litros, algunas criadas en el exterior y otras en el interior, algunas desarrollando un ligerísimo velo de flor durante cuatro años. Era un varietal de Garnacha Gris con un ligero aporte de Garnacha Blanca, creando capas de complejidad a través de ese doble trabajo de oxidación.
Desde Castilla y León, el Pagos de Villavendimia Oxidativa traía la tradición de un bocoy situado en bodega subterránea con madre datada en 1948; Verdejo puro, rellenado periódicamente con vino que se ha criado durante seis meses en damajuanas llenas situadas en el exterior. Este proceso se hace para estabilizar el vino, no para oxidarlo; la verdadera crianza oxidativa ocurre enteramente en el bocoy; una manera propia de elaborar un vino rancio en la región de Rueda.

La variedad como respuesta al misterio
El Domaine des Schistes Rancio Sec nace en los suelos de esquisto del Roussillon. Se trata de un varietal de Garnacha Blanca con algo de Macabeo que nos muestra los aromas de frutos secos y flores que caracterizan a los vinos rancios. La bodega familiar que se salió de la cooperativa en 1989 para comenzar su propia andadura, haciendo hincapié en la viticultura, demostraba que estos vinos requieren de pasión y permanencia.
Mémoire d’Automnes, de Domaine La Tour Vieille, un varietal de Garnacha Blanca y Garnacha Gris, nace de un trabajo enteramente manual en las terrazas de Collioure que descienden hacia el Mediterráneo. Se trata de viñas de 40 años de media, trabajadas únicamente a pie en pendientes de hasta 40 %, que dan forma a un vino rancio tradicional.
Quizá la mayor revelación vino de La Calandria. Niño Perdido, desde los límites entre Navarra y Aragón. Su filosofía resumía el misterio: buscan botas con restos de vinos oxidados —madres ancestrales— para refrescarlas y extraer sus vinos. Según sus propios creadores, su trabajo es más arqueología que enología. El Casa Jaimico, un monovarietal de Garnacha Tinta, que catamos con una nariz que desplegaba frutos secos, flores y recuerdos a café, y una sorprendente acidez en boca, era un vino complejo que rescataba una tradición en peligro de extinción.
El misterio permanece
Después de recorrer estos ocho vinos, el misterio no desaparece. Simplemente, se entiende mejor. Los vinos rancios no son capricho ni accidente. Son la expresión más pura de cómo el tiempo, la oxidación buscada y la mano del hombre pueden transformar la uva en algo que desafía las categorías tradicionales. Son vinos que hablan de tradición y de futuro simultáneamente, de territorios mediterráneos donde la dificultad genera complejidad.
Quizá por eso Marie Louise Banyols recibió el premio Radical del Año. Porque ella, como estos vinos, dedica su vida a defender lo singular, lo auténtico, lo verdaderamente distinto. Y los vinos rancios, en su misterio mismo, son la definición más pura de lo radical.
Las claves de los vinos rancios
- Sin definición única: todos los vinos rancios son oxidativos, pero no todos los vinos oxidativos pueden considerarse vinos rancios; la diferencia está en la intención y el control del proceso.
- Oxidación buscada y controlada: se elaboran mediante una crianza oxidativa deliberada, heredera de prácticas tradicionales que aceleran el envejecimiento de forma consciente.
- Perfil sensorial distintivo: presentan aromas complejos de frutos secos, miel, almendras y notas balsámicas, con colores que evolucionan del ámbar al pardo oscuro.
- Origen varietal mayoritariamente blanco: nacen sobre todo de uvas blancas, aunque existen ejemplos con variedades tintas que también expresan el carácter rancio.
- El tiempo como herramienta clave: la crianza en botas, a menudo en el exterior, la exposición al sol y las variaciones térmicas son fundamentales para construir su complejidad.
- Vinos de memoria y tradición: representan una cultura del vino ligada a la transmisión generacional, la identidad mediterránea y, en algunos casos, a una auténtica arqueología enológica.

