Hay bodegas que, con el paso de los años, se convierten en un termómetro de su zona. Carmelo Rodero es una de ellas. Fundada en 1991 en Pedrosa de Duero por un hombre que lleva la tierra en el ADN —trabajando en ella desde los 13 años— la bodega vive hoy uno de sus momentos más interesantes: el relevo generacional está en marcha, y los vinos lo cuentan mejor que cualquier discurso.
La ocasión para comprobarlo fue una cata comparativa celebrada en Madrid, con Carmelo, Beatriz y María Rodero como anfitriones, y con Beatriz comandando una sesión en la que pusimos frente a frente tres vinos de la bodega en dos momentos bien distintos de su historia: las añadas actuales —2022 y 2023— frente a botellas de 2009, 2011 y 2012; un ejercicio que no solo habla de cómo evoluciona el vino en botella, sino también de cómo ha cambiado la forma de entender la Ribera del Duero desde dentro de una misma casa.
Beatriz Rodero, directora técnica desde 2008 y formada en Burdeos, lleva años trabajando en una dirección clara: vinificación parcelaria, más protagonismo de la fruta, madera que acompaña en lugar de mandar. “Tener el clon autóctono de la zona es lo que nos diferencia”, nos cuenta. Y eso, como pudimos ver en la copa, no es poca cosa.

Carmelo Rodero Crianza 2011 vs. Crianza 2023
El Crianza es probablemente el vino más conocido de la bodega, y también el que mejor refleja esa evolución de estilo. Elaborado con Tinto Fino —la denominación local del Tempranillo— más un pequeño aporte de Cabernet Sauvignon, con cepas de entre 30 y 35 años y crianza en roble francés.
El 2011 llega a la copa con toda la energía de un vino que ha envejecido bien. La fruta negra manda en nariz con presencia y decisión, y la madera sigue siendo un actor principal. Es un vino maduro, de buena acidez y notable estructura, que se sostiene con solidez más de una década después de su cosecha.
El 2023, recién embotellado en abril de 2025 tras 15 meses en barrica nueva de roble francés, muestra un perfil diferente desde el primer momento. La nariz es más fragante y luminosa: fruta negra y roja, sí, pero también un punto floral que en el 2011 no existía. En boca es más fluido, menos marcado por la madera —mejor integrada— y con una frescura que lo hace muy fácil de disfrutar ahora mismo. La cosecha de 2023, con una primavera lluviosa y veranos suaves que permitieron una maduración sin estrés, ha dado exactamente lo que Beatriz buscaba.
Dos vinos del mismo sitio, de la misma bodega, pero que hablan idiomas distintos. El tiempo les ha dado a ambos la razón a su manera.
Carmelo Rodero Reserva 2009 vs. Raza 2022
Este es el emparejamiento con más historia detrás. Carmelo Rodero Reserva ya no existe como tal. En 2021, la bodega decidió cambiar el nombre a Raza, porque el vino que elaboraban no encajaba con lo que el consumidor esperaba cuando leía “reserva”. Como explicó María Rodero cuando presentó la nueva etiqueta, el bebedor clásico de Ribera del Duero buscaba algo más potente y tánico, y su público real no lo pedía precisamente por ese nombre; un cambio honesto que dice mucho de cómo piensan estas dos hermanas.
El Carmelo Rodero Reserva 2009 llega en un momento espléndido. Tiene muy buena acidez, estructura firme y esa fruta negra concentrada que caracteriza a la Ribera del Duero en años cálidos. La madera está bastante presente, pero lo que más llama la atención es un punto licoroso y unas notas de regaliz que le dan una personalidad propia, rotunda. Es un vino que ha ganado con el tiempo.
Raza 2022 —100 % Tempranillo de cinco parajes de Pedrosa de Duero, con 21 meses en barrica nueva de roble francés— es otro animal. La fruta negra y roja aparece más fresca, con mayor vivacidad, y la madera está bien integrada sin imponerse. El tanino es sedoso, y el trago fluido, elegante. Es un vino moderno que, sin embargo, no renuncia a la profundidad que da su suelo arcilloso a entre 837 y 862 metros de altitud. La añada 2022, marcada por la sequía y el calor, exigió una vendimia muy selectiva y escalonada, y el resultado tiene la concentración justa sin caer en la pesadez. Si el 2009 es la Ribera del Duero de la potencia, el 2022 es la de la elegancia. Ambas tienen su lugar.
Pago de Valtarreña 2012 vs. Pago de Valtarreña 2022
Estamos ante el parcelario de la bodega; un único viñedo —el que da nombre al vino— con cepas de entre 40 y 45 años plantadas sobre arenas y arcillas a 805 metros. Toda la vinificación se lleva a cabo por gravedad mediante el sistema giratorio patentado por el propio Carmelo Rodero, uno de esos inventos que nacen de la necesidad y acaban siendo únicos en el mundo.
Pago de Valtarreña 2012 es el vino más evolucionado de toda la cata. En nariz, la fruta negra madura convive con aromas terciarios, tostados y especiados que forman un conjunto complejo y seductor. Con el tiempo en copa, aparecen notas de licor de café que no te esperabas y que te atrapan. Es un vino que ha hecho su camino y que muestra sin pudor todo lo que ha vivido.
Pago de Valtarreña 2022 es, de los tres vinos actuales de la cata, el más clásico. La fruta negra está presente con toda su fuerza, las notas tostadas y las especias dulces ocupan un lugar importante en nariz, y la madera —22 meses en barrica nueva— se percibe más que en Raza o Carmelo Rodero Crianza, aunque bien integrada. En boca es complejo y muy largo, con una estructura que invita a pensar en lo que será dentro de diez años.
Lo que sí queda claro al tenerlos juntos es que son dos expresiones distintas de un mismo lugar: 2012 muestra la profundidad que da el tiempo a este viñedo, mientras que 2022, con toda su estructura y complejidad, todavía tiene mucho que decir. Paciencia.
Carmelo Rodero: Una bodega que sabe quién es
Carmelo Rodero ha construido algo difícil de imitar: una identidad propia que no necesita tendencias para justificarse. La primera generación puso los cimientos —el viñedo, la filosofía del trabajo en la tierra—, y la segunda los está llevando hacia donde el mercado y el gusto del consumidor actual piden sin renunciar a lo que hace especial a estos vinos.
Las dos Rodero tienen claro que el futuro está en la parcela, en conocer cada viña como si fuera la única, y en dejar que el terruño de Pedrosa de Duero hable sin demasiados intermediarios. La cata de hoy lo confirma: el tiempo, que nunca miente, está de su lado.
