Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez

Enclavada al sur de Córdoba, Montilla es mucho más que la cuna de la variedad Pedro Ximénez y del icónico vino dulce elaborado con ella. La vida late en sus tabernas, en sus lagares y en sus paseras, mientras el final de la vendimia se celebra en eventos como el festival Montijazz Vendimia, que nos recuerda que el vino y la música son dos expresiones del arte y la cultura.

Teníamos una deuda pendiente con Montilla, con el epicentro de una región en la que el vino es mucho más que vino. En Montilla, el vino es tradición, es motor económico, es orgullo y es parte de la vida de miles de familias. Su calendario lo condiciona todo; biorritmos que bailan al son de la vendimia, de las paseras, de la prensa, de las sacas y del rocío de las soleras en cuyas centenarias botas se desarrolla ese velo de flor que obra el milagro de la crianza biológica.

Pero el vino fino que nace de ese velo o el goloso PX gestado en las paseras son tan sólo dos piezas de un puzle muy complejo, un rompecabezas que va a atraparnos en un fin de semana de Montilla en vendimia o, más bien, de esa Montilla que, tras la vendimia, muestra al visitante una de sus caras más interesantes.

Las paseras nos dan la bienvenida a Montilla

Situada 45 kilómetros al sur de Córdoba, Montilla es una pequeña ciudad de poco más de 20.000 habitantes que ha sabido crecer conservando el encanto de su arquitectura de casas blancas alineadas en calles serpenteantes que esconden sorprendentes patios adornados de flores, todo ello salpicado de la monumentalidad que aportan sus magníficos edificios históricos.

Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Paseras de uva Pedro Ximénez a las afueras de Montilla.
Paseras de uva Pedro Ximénez a las afueras de Montilla.

Pero antes de sumergirnos en el bullicio de su casco urbano, vamos a detenernos frente a las paseras que encontraremos llegando desde Córdoba, donde unos operarios recogen las partidas ya pasificadas de uva Pedro Ximénez que, tras varios días de asoleo, se han deshidratado lo justo y necesario para concentrar todos esos azúcares que conseguirán “empachar” las levaduras y dotar al PX de su formidable equilibrio entre alcohol y dulzor.

Montilla, un pueblo blanco testigo de la historia

Caminar por las calles de Montilla es sumergirse en un libro abierto donde cada piedra narra siglos de historia. Nuestro recorrido comienza en lo alto del cerro, donde se alza el Castillo que alberga el Museo del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, quizás el montillano más famoso, quien ganó para España el reino de Nápoles y desafió a Fernando el Católico presentando las insolentes “cuentas del Gran Capitán” cuando el monarca le pidió que justificase lo gastado en aquella conquista.

A los pies del castillo encontraremos los restos arqueológicos que nos recuerdan cómo esta zona ha sido poblada desde hace 3.000 años, mientras que, a pocos metros, la Casa del Inca Garcilaso de la Vega, edificación del siglo XVI, es un testigo de la conexión entre Montilla y el Nuevo Mundo.

Descendiendo hacia el centro de Montilla, nuestro paseo da un giro inesperado cuando nos acercamos al encuentro de las calles Don Diego de Alvear y Don Gonzalo. Aquí se alza la bodega fundacional de Alvear, y apenas nos acercamos, el aroma característico del Pedro Ximénez impregna el ambiente, como si las piedras mismas hubieran absorbido durante generaciones las esencias del vino que ha dado fama mundial a esta bodega centenaria.

Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Detalle de una bota en una vieja solera de la Casa del Inca Garcilaso de la Vega.
Detalle de una bota en una vieja solera de la Casa del Inca Garcilaso de la Vega.
Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Nuestro paseo por la Montilla histórica coincide con la celebración del Premio Nacional de Pintura Rápida al Aire Libre, en el que 54 artistas toman las calles para plasmar en sus lienzos el paisaje de esta ciudad con olor a PX.
Nuestro paseo por la Montilla histórica coincide con la celebración del Premio Nacional de Pintura Rápida al Aire Libre, en el que 54 artistas toman las calles para plasmar en sus lienzos el paisaje de esta ciudad con olor a PX.

La historia de Alvear no puede contarse sin mencionar a Sabina de Alvear y Ward, una mujer visionaria que, tras la devastación causada por la filoxera, apostó por la replantación de la variedad Pedro Ximénez, decisión de enorme trascendencia para para la región. La labor de Sabina fue crucial a la hora de impulsar los vinos montillanos en Europa, principalmente en Gran Bretaña y Francia, ya que se encargó personalmente, junto a su hermana Candelaria, de promocionarlos, valiéndose de los contactos que tenía con las familias más influyentes de Europa, manteniendo siempre un perfil secundario respecto al de sus hermanos varones.

Descubriendo las tabernas montillanas

Más allá de su valor histórico, Montilla es un hervidero de vida, y parte de esa vida se desarrolla en sus tabernas, que son los lugares ideales para descubrir los vinos jóvenes, los vinos “de tinaja” o el vino fino.

Nuestra primera parada nos lleva a la Taberna Bolero, un auténtico templo del vino donde Carlos García Santiago nos da a catar su propio fino en rama; un tesoro líquido de una solera de 90 botas (grandes barriles de roble americano) de las que Carlos realiza una saca semanal que ofrece como fino de la casa. Cuando lo probamos, nos deja los ojos abiertos como platos. Es un vino de nariz mineral, que en boca despliega todo el carácter de la crianza biológica, con un perfil sápido y fácil de beber que habla de tierra y de tradición. Cuando nos comenta que la copa se sirve 1,40 euros, entendemos que estamos ante uno de los vinos con mejor relación calidad-precio que pueden encontrarse en cualquier rincón de España.

Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Carlos García Santiago, de la Taberna Bolero.
Carlos García Santiago, de la Taberna Bolero, es un auténtico apasionado del mundo del vino.
Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Fino en rama en la Taberna Bolero.
El fino en rama de la Taberna Bolero ha sido uno de los descubrimientos de nuestro viaje a Montilla.

“Cada saca es única”, nos explica Carlos mientras sirve su fino de una jarra. “La flor trabaja de manera diferente cada semana, y eso se nota en el vino. Es como si cada copa contara una historia distinta del mismo viñedo”, concluye.

Nuestra ruta tabernaria continúa en el Rincón del Conde, donde degustaremos unos deliciosos champiñones para acompañar una botella de María del Valle en Rama, un fino de PX que nos sorprende por su complejidad, con aromas a tofe y levaduras, además de unas notas oxidadas. En boca se revela fino y elegante, poniendo en primer plano la crianza, que le otorga profundidad, buena acidez y una destacable longitud.

Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Cata de Los Insensatos de la Antehojuela Parcela El-Pretil 2022, en la terraza del bar Carrasquilla.

Cata de Los Insensatos de la Antehojuela Parcela El-Pretil 2022, en la terraza del bar Carrasquilla.

A ontinuación, la terraza del bar Carrasquilla, con el imponente Palacio de los Duques de Medinaceli como telón de fondo, será el lugar elegido para llevar a cabo un ligero almuerzo regado con un vino que ejemplifica la visión más moderna de Montilla: Los Insensatos de la Antehojuela Parcela El Pretil 2022. Desde el instante en el que acercamos la copa a la nariz podemos percibir su seriedad. Los aromas florales se entrelazan con notas de melocotón en almíbar y miel, creando una nariz limpia y expresiva. Su boca confirma las promesas aromáticas: buena acidez, carácter directo y mineral, con una complejidad que se explica por sus cepas centenarias, sus suelos de tosca de antehojuela, sus rendimientos controlados y su breve crianza biológica bajo velo de flor. A diferencia de los generosos, es un vino en el que la fruta mantiene un gran protagonismo y ofrece una madurez equilibrada, dialogando perfectamente con la cocina local y con el entorno histórico que nos rodea.

Finalmente, descansaremos en la encantadora Casa Cordón, un alojamiento urbano impecablemente reformado que combina sencillez y confort, con seis habitaciones que cuentan con baño completo, aire acondicionado y wifi; un lugar auténtico, sencillo, acogedor y perfectamente integrado en el entramado urbano de Montilla.

Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Una de las seis habitaciones de la Casa Cordón.
Una de las seis habitaciones de la Casa Cordón.
Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Patio de la Casa Cordón.
Patio de la Casa Cordón.

Bodegas Robles, pioneros de la viticultura ecológica

Pero aún es pronto para irnos a la cama. Nuestro plan vespertino comienza con la visita a Bodegas Robles, un productor que ha sabido salirse de lo convencional para elaborar una gama de vinos diferentes y convertirse en pionero de la viticultura ecológica.

Francisco Robles nos recibe en sus instalaciones con el entusiasmo de quien ha convertido una apuesta personal en una referencia internacional. Su historia comenzó en 1999, cuando decidió diferenciarse apostando por la agricultura ecológica, una decisión que en aquel momento resultaba revolucionaria.

“Mi padre me dijo: «mientras no cueste dinero y dé buenos vinos, allá tú»”, recuerda Francisco con una sonrisa. Esa bendición paterna fue el impulso necesario para embarcarse en un máster de agricultura ecológica de la Junta de Andalucía en el año 2000, iniciando un camino que pasaba por entender la vid como un ser vivo en lugar de como una máquina de producir uvas, entender las necesidades y carencias de los suelos y aprender a trabajar con técnicas como la cubierta vegetal, transformando radicalmente su manera de entender la viticultura.

La bodega gestiona 37 hectáreas propias en Moriles Alto, además de la parcela que visitamos, frente a las instalaciones, a las que se suman las 22 hectáreas de cuatro viticultores colaboradores que también trabajan en ecológico. Con ello se produce un millón y medio de botellas anuales, de las cuales el 12 % se destina a la exportación, llegando a 22 países diferentes. Además, elabora 45.000 botellas anuales de espumosos de método tradicional, demostrando la versatilidad de la Pedro Ximénez más allá de los vinos generosos tradicionales.

Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Francisco Robles
Francisco Robles, pionero de la viticultura ecológica, nos explica su proyecto a pie de viña.

En el corazón de la bodega, rodeados por las centenarias soleras, Francisco nos invita a disfrutar de “La versatilidad de la Pedro Ximénez”, una cata que demuestra las múltiples caras de esta icónica variedad montillana. El Fino Piedra Luenga abre la sesión con una nariz muy floral, en la que los aromas de pera se entrelazan con las notas características del velo de flor. Tras este sencillo fino llega el Amontillado Piedra Luenga, que eleva la complejidad con sus ocho años de crianza. Flores y fruta en nariz se complementan con notas tostadas, mientras que en boca despliega un mundo de levaduras, elegancia y una acidez bien integrada. Los tonos tostados aportan profundidad manteniendo el carácter de “vino fácil” común a esta gama de generosos; gama que cuenta también con un Oloroso de seis años de vejez media más cercano a la ortodoxia de este estilo de vino. Su nariz evoca frutos secos y claros recuerdos a PX, mientras que en boca se muestra como el más tradicional de los tres.

La cata toma un rumbo inesperado con Oh! Orange Wine, un vino de vendimia muy temprana macerado con pieles. Con apenas 10 grados de alcohol y con carácter seco, muestra un color amarillo verdoso, exuberante nariz frutal y floral y una boca sencilla. Francisco nos explica que está pensado para acercar el mundo del vino a la gente joven, ofreciendo una puerta de entrada para quienes se inician en esta bebida.

Los tres espumosos que siguen demuestran cómo el tiempo de crianza en rima transforma el carácter del vino. El Robles Brut Nature de 18 meses presenta una burbuja fina y abundante, con predominio de la fruta sobre las levaduras, fresco y sin complicaciones. A los 24 meses, la presencia de levadura se intensifica, aparecen notas metálicas y minerales junto a aromas a flores y frutas, con menos acidez pero manteniendo la elegancia de la burbuja. Finalmente, el Robles Brut Nature de 36 meses representa la cumbre de esta gama espumosa: fino, elegante, vertical y directo. Su burbuja extremadamente fina se acompaña de una acidez notable y aromas que evocan levadura y panadería, creando un conjunto de gran riqueza y complejidad que demuestra el potencial de la Pedro Ximénez en la elaboración de espumosos de alta gama.

Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Solera de Bodegas Robles

Solera de Bodegas Robles, humidificada mediante nebulizadores.

La degustación incluye dos vermús que muestran otra faceta creativa de la bodega. El VRMT destaca por sus notas de canela, mientras que el Vermut Ecológico Robles nos parece redondo, con un perfil de pura piel de cítrico que se integra perfectamente con el vino oloroso y el Pedro Ximénez de la fórmula.

El broche llega con Piedra Luenga Pedro Ximénez, un vino dulce pero no empalagoso. En nariz evoca pasa y fruta madura, manteniendo un destacable equilibrio, mientras que en boca la buena acidez se combina con la fruta para crear un conjunto armonioso. La solera, iniciada en 1927, aporta una complejidad extraordinaria: notas tostadas, excelente acidez y un postgusto que recuerda al café, confirmando por qué los Pedro Ximénez de Montilla ocupan un lugar único en el mundo del vino dulce.

Montijazz Vendimia nos recuerda que el vino también es cultura

Cuando el sol comienza a declinar sobre las bodegas centenarias de Montilla, la música se apodera de la ciudad en una celebración que fusiona dos de las expresiones artísticas más universales: el vino y el jazz. El Festival Montijazz Vendimia ha logrado convertirse en una cita imprescindible del calendario cultural andaluz, donde artistas nacionales e internacionales de gran nivel encuentran en las bodegas montillanas el escenario perfecto para sus creaciones.

En esta edición tuvimos la fortuna de asistir al concierto del dúo Quiet Colors, formado por Joanna Kucharczyk (piano) y Marcelo Wolowski (percusión) una pareja artística que desplegó un repertorio tan variado como intimista y que logró enamorar a un público absolutamente entregado.

Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Joanna Kucharczyk, del dúo Quiet Colors, en Montijazz Vendimia.
Joanna Kucharczyk llenó de magia el escenario de Montijazz Vendimia, en Bodegas Alvear.
Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Marcelo Wolowski, del dúo Quiet Colors, en Montijazz Vendimia.
Marcelo Wolowski, del dúo Quiet Colors, en Montijazz Vendimia.

La velada continuó con Pepe Rivero Septeto, formación liderada por este pianista cubano de renombre internacional acompañado de Ángela Cervantes (voz), Román Filiú (saxo y flauta), Sebastián Laverde (vibráfono), Reinier Elizarde “El Negrón” (contrabajo), Michael Olivera (batería) y Yuvisney Aguilar (percusión). Formado en el Instituto Superior de Arte de La Habana, Rivero se trasladó a España en 1998, y desde 2001 ha colaborado con figuras de la talla de Paquito D’Rivera y Celia Cruz, acompañándolos en sesiones de grabación y giras internacionales.

El concierto de Pepe Rivero fue pura energía y virtuosismo. Su versatilidad y maestría al piano se combinaron con el talento de músicos excepcionales que llenaron la noche montillana de ritmos caribeños. La fusión de estilos, desde el jazz tradicional hasta las influencias latinas más contemporáneas, creó un espectáculo vibrante donde cada solo instrumental era una pequeña obra maestra y cada tema una invitación a la celebración.

Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Pepe Rivero Septeto, en Montijazz Vendimia.
Pepe Rivero Septeto, en Montijazz Vendimia.

Impulsado por la Asociación Cultural Jazz Amontillado, el Festival Montijazz Vendimia ha logrado algo extraordinario: convertir las bodegas y espacios históricos de Montilla en templos de la música, donde el arte se vive de manera natural y sin artificios, recordándonos que el vino es también parte de nuestra cultura.

Lagar de los Raigones: tradición familiar en el Cerro Macho

Nuestra segunda jornada nos llevará a conocer el viñedo montillano y, más concretamente, el emblemático Cerro Macho, que se alza a unos 10 kilómetros al sureste de Montilla. Allí será Ángela Jiménez quien nos invite a subir a su Land Rover para mostrarnos uno de los rincones más auténticos de la viticultura montillana: el viñedo de Lagar de los Raigones. Licenciada en Bellas Artes y responsable de enoturismo de esta explotación familiar en la que conviven la vid y el olivo, Ángela se convierte en nuestra anfitriona para desvelarnos los secretos tanto de la viticultura como de la elaboración de los vinos de Montilla.

La viña de los Tres Picos será nuestra primera parada. Allí se encuentra el viejo lagar de la familia, hoy abandonado, donde tradicionalmente se pisaba la uva a pie de viña. Pero lo que llama poderosa nuestra atención son los suelos de albariza, esa tierra calcárea compuesta por la sedimentación de los caparazones de los microorganismo de lo que un día fuera un océano, hace millones de años, y que por caprichos de la naturaleza ha acabado elevándose a más de 400 metros sobre el nivel del mar para generar un terruño absolutamente único.

Todo su viñedo se trabaja exclusivamente en secano y busca fomentar la biodiversidad, con iniciativas como su participación en el proyecto Secanos Vivos, de la ONG SEO BirdLife. Recorriendo las pistas observamos plantas de buen porte que todavía no han comenzado a agostarse, frecuentemente conducidas en vaso, si bien podemos ver también espalderas formando un auténtico tapiz vegetal que recubre las lomas que componen la sierra de Montilla, donde olivar y viña comparten el paisaje. Aquí, en estas laderas, la Pedro Ximénez es la auténtica reina, con parcelas que en algunos casos fueron plantadas hace más de cien años, tras la plaga de la filoxera que a finales del siglo XIX devastó los viñedos de casi toda Europa.

Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. El viejo lagar de Lagar de Los Raigones.
Viejo lagar del Cerro, de la familia Jiménez, propietaria de Lagar de Los Raigones, rodeado de viñedo en la sierra de Montilla.
Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. Ángela Jiménez, responsable de enoturismo de Lagar de Los Raigones, nos explica las singularidades de los vinos de Montilla junto a las tinajas en las que se cría el vino.
Ángela Jiménez, responsable de enoturismo de Lagar de Los Raigones, nos explica las singularidades de los vinos de Montilla junto a las tinajas en las que se cría el vino.

La ruta en todoterreno nos lleva por senderos que serpentean entre viñas hasta alcanzar los 600 metros de altitud. Paramos en la viña de la Haza Blanca, cuyo nombre evoca inmediatamente el color característico del suelo calcáreo que la sustenta. Además de la omnipresente PX, aquí encontramos otras variedades como la Montepila, una uva autóctona montillana recientemente identificada como un clon de la onubense Zalema.

Ya en la bodega, Ángela nos hablará de la vendimia al alba, de la fermentación en depósitos de acero inoxidable con temperatura controlada que concluye en tinajas de barro de 7.200 litros que aportan a los vinos un carácter único, y de los diferentes vinos que elaboran, desde el blanco joven Cerro Verde hasta el Amontillado Los Raigones, del que ofrecen incluso una versión de añada procedente de una bota sacada de la solera en 1960. La visita acaba catando algunas de las referencias de la casa, incluido el vino en rama de 2025; un auténtico torrente de fruta cuya cata nos hace especial ilusión por tratarse del primer vino de esta nueva añada que vamos a probar. 

Cabriñana marida el vino a ritmo de rock 

A apenas tres kilómetros de Los Raigones se encuentra la última bodega que visitaremos en este viaje. Fundada en 1925, Cabriñana Bodega Rockera representa una de las propuestas más originales del panorama vinícola montillano. Esta explotación familiar, que elabora sus vinos a partir de las uvas de nueve hectáreas propias y 150.000 kilos de uva de viticultores de la zona, ha sabido mantenerse fiel a la tradición mientras desarrolla un concepto único que relaciona vinos y música de una manera completamente innovadora.

Todas sus uvas proceden del Cerro Macho, y trabajan casi exclusivamente con Pedro Ximénez –también elaboran un tinto de Syrah y Tempranillo–, pero lo que hace especial a Cabriñana no son sólo sus vinos, sino la manera en que han conseguido crear un universo cultural alrededor de la bodega. Las botas de sus soleras están firmadas por músicos que han pasado por sus instalaciones, convirtiendo cada fondo de bota en un lienzo único que nos recuerda la íntima relación entre el arte y el vino.

De hecho, el programa de actividades de la bodega incluye conciertos, talleres donde se puede desde pintar vidrio hasta participar en rutas de senderismo, así como catas maridadas con propuestas gastronómicas tan variadas como la pizza, el sushi o las hamburguesas gourmet. Esta diversificación demuestra una visión moderna del enoturismo que busca atraer a públicos diversos sin perder la esencia de la cultura vinícola más tradicional.

Montilla en vendimia es mucho más que Pedro Ximénez. José Sánchez, gerente de Cabriñana, Bodega Rockera.
José Sánchez, gerente de Cabriñana, Bodega Rockera, ha optado por vincular el vino con la música.

José Sánchez, gerente de esta bodega familiar, nos recibe con una mezcla de la pasión propia de la juventud y la serenidad de quien tiene claro que el inmovilismo es uno de los problemas que afrontan los elaboradores de vino. Su objetivo es conectar con los consumidores más jóvenes, y para hacerlo elabora Cabriñena Acústico, un monovarietal de Pedro Ximénez al que se le detiene la fermentación para que conserve buena parte del azúcar del mosto, quedando su graduación alcohólica en el 5 % del volumen.

Asimismo, distintos géneros musicales se asocian con las elaboraciones más tradicionales, dando lugar a los vinos de Tinaja Rock, Fino Pop, Oloroso Blues, Palo Cortado Indie, Amontillado Soul, Vermut Flamenco, Pedro Ximénez Jazz y Cream Jazz & Blues. Y por si fuera poco, muchas de estas referencias están disponibles en económicos bag-in-boxes decorados como amplificadores de guitarra eléctrica o cajones flamencos.

Tras catar algunas de las propuestas rockeras de Cabriñana, nos despedimos de esta tierra con el dulce sabor de la Pedro Ximénez, con la satisfacción de comprobar cómo la tradición y la innovación pueden ir de la mano, cómo cada vez más productores deciden apostar por la viticultura ecológica y cómo en esta tierra el arte y la cultura están indisolublemente vinculados al vino.

↓↓ Gracias por compartir este contenido ↓↓