Madrid Fusión acogió una cata maridada dirigida por Fernando Mora que puso el foco en los pequeños productores aragoneses de Garnacha; una jornada que demostró que Aragón, con sus cuatro denominaciones de origen vitivinícolas autonómicas, es mucho más que una región productora: es un territorio donde la Garnacha transmite con absoluta claridad el origen de cada botella.
La Garnacha es, según las palabras del Master of Wine Fernando Mora, una uva que merece una definición muy particular: “La Garnacha es divergente, caótica y preciosa”. Esta caracterización cobra sentido pleno cuando se recorre el mapa vitivinícola aragonés, donde la misma variedad se expresa de manera distinta en función de su procedencia geográfica, altitud, suelos y microclimas.
Aragón cuenta con un gran patrimonio vitivinícola que trasciende las denominaciones más conocidas. Somontano, Cariñena, Campo de Borja y Calatayud configuran el corazón de la viticultura regional, completadas por figuras más jóvenes como los Pagos de Aylés y Urbezo. A esto se suma la presencia del Cava certificado por su Consejo Regulador en territorio aragonés, además de las denominaciones de Vinos de la Tierra que completan un ecosistema enológico de notable diversidad. Con Zaragoza Capital de la Garnacha, la región consolida su posición como epicentro de esta variedad y su expresión más auténtica.
La cata, celebrada en Madrid Fusión y dirigida por Fernando Mora con especial énfasis en los pequeños productores, fue un viaje sensorial a través de estas regiones, con maridajes que realzaron la complejidad de cada vino sin eclipsarlos. Tonino Valiente, chef del Restaurante Tatau en Huesca, fue el responsable de la propuesta culinaria, con unos platos pensados para armonizar con las distintas expresiones de la Garnacha. La primera propuesta no iba maridada, ya que la Garnacha era parte fundamental del plato: Bocado de Garnacha y remolacha.
Campo de Borja: el imperio de la Garnacha
Campo de Borja es conocida como el imperio de la Garnacha. La denominación cuenta con aproximadamente 5.000 hectáreas distribuidas en tres zonas de diferente altitud, todas ellas dedicadas principalmente a esta variedad. La región se caracteriza por una diversidad de microclimas y suelos que enriquecen notablemente los matices del patrimonio vitícola, permitiendo que la Garnacha se exprese con toda su riqueza varietal.
La primera copa de la jornada fue Ilusión 2024, de Bodegas Román, un monovarietal de Garnacha con una crianza de seis meses en depósito de hormigón. Las uvas con las que es elaborado provienen de viñedos plantados en vaso a 700 metros de altitud cultivados en ecológico. Estamos ante un vino que muestra una nariz frutal donde la fruta roja y negra están acompañadas por notas de monte bajo y regaliz, mientras en boca tiene una buena acidez y un tanino domado en un trago intenso y claramente frutal. Su maridaje fue una Terrina de campaña al Armagnac, foie y pasas.
El otro vino de la D. O. Campo de Borja que catamos fue Pilar del Cerro 2024, de la Bodega Gil Pejenaute, de nuevo un monovarietal de Garnacha, en esta ocasión con una crianza de doce meses en huevo de gres. Sus uvas provienen de viñedos, en transición a ecológico, plantados en suelos calcáreos a una altitud de entre 700 y 750 metros. La fruta roja y las flores azules dominan la nariz, acompañadas de notas de monte bajo, mientras su boca se caracteriza por una muy buena acidez y taninos ligeros en un trago fino, elegante, equilibrado y largo. Una Cebolla Fuentes de Ebro DOP en ensalada de contrastes de temporada fue su pareja.

Calatayud: donde la amplitud térmica crea complejidad
Calatayud se caracteriza como un “viñedo extremo”. Las enormes diferencias de temperatura entre el día y la noche influyen de manera decisiva en el proceso de maduración de la uva, generando vinos muy equilibrados y diferentes al resto de las denominaciones aragonesas. Aquí, la Garnacha Tinta es la variedad emblemática, con cepas que superan con frecuencia los 45 años de antigüedad, plantadas en algunos de los viñedos a mayor altitud de Aragón —llegando a los 1.100 metros sobre el nivel del mar en las zonas más elevadas—. Esta extrema altitud combinada con la escasez de precipitaciones y los vientos constantes configuran un entorno único donde la vendimia es más tardía que en el resto de Aragón.
Lajas Finca el Peñiscal 2023, de Viñedos Castro Laborda, ejemplificaba esta particularidad. Se trata de un vino de única finca de suelos de pizarra situada a 1.020 metros de altitud. Elaborado con Garnacha (94 %), Bobal y Monastrell (2 %) y Garnacha Blanca y Macabeo (4 %), tiene una crianza de diecisiete meses en huevo de hormigón y barricas de roble francés de 400 litros. Su nariz muestra fruta roja y negra fresca junto a notas florales y minerales; la boca es franca y directa, con una acidez bien marcada y taninos firmes pero pulidos. Su maridaje fue Mar y montaña de lengua de ternera del valle de Broto.
Cariñena: tradición reinventada
El Campo de Cariñena es una de las zonas vitivinícolas con más solera de España. La denominación, que celebra su 90.º aniversario, lleva años reinventándose de forma continua. Su lema “El Vino que nace de las Piedras” representa fielmente su carácter, basado en los suelos pedregosos que caracterizan la zona. Aunque mantiene sus señas de identidad tradicionales, la forma de interpretar la cultura y tradición vinícola evoluciona constantemente. El catálogo de variedades es amplio —Garnacha Tinta, Cariñena, Tempranillo, Monastrell, Cabernet Sauvignon y variedades blancas—, pero la Garnacha sigue siendo su expresión más representativa de este terruño pedregoso.
Mancuso 2023, de Familia Navascués, confirma esta realidad. Se trata de un monovarietal de Garnacha procedente de dos viñas centenarias de sesenta años plantadas alrededor de 700 metros de altitud, con suelos de distinta naturaleza: pizarra en una, calcáreo arcilloso en la otra. Su crianza fue compartida entre hormigón (65 % de las uvas) y barricas de roble francés de 500 litros (el resto), durante dieciocho meses. El resultado fue un vino de nariz madura donde la fruta roja se entrecruza con especias y notas de monte bajo, mientras en boca muestra un carácter frutal, con buena acidez, taninos ligeros y un final ligeramente amargo. Canelón de pasta fresca al huevo, queso Meleses de Radiquero y trufa negra de la Ribagorza fue su compañero de mesa.
Somontano: la zona de transición
El Somontano de Barbastro ocupa un lugar privilegiado, situado a los pies de los Pirineos. La denominación cuenta con aproximadamente 4.000 hectáreas de viñedo distribuidas entre el llano y la montaña, con 28 bodegas que producen 268 vinos diferentes. Su clima templado y su situación de transición entre el valle del Ebro y los Pirineos crean las condiciones perfectas para la elaboración de grandes vinos. Aunque los vinos presentados en esta cata no procedieron específicamente de esta denominación, su carácter de región puente entre climas y altitudes es fundamental para entender la diversidad aragonesa.

Vinos de la Tierra: vinos sin límites administrativos
Más allá de las denominaciones de origen, Aragón cuenta con la figura de Vinos de la Tierra, que ha sido creada para distinguir vinos que guardan características propias en territorios concretos. Actualmente existen cinco indicaciones registradas repartidas entre las tres provincias aragonesas: Valle del Cinca, Ribera del Gállego-Cinco Villas, Bajo Aragón, Valdejalón y Ribera del Jiloca. Además existe una sexta mención —Ribera del Queiles— que se extiende también por territorio navarro.
Durante la cata disfrutamos de dos vinos que no están adscritos a ninguna denominación de origen ni IGP pero que no dejan de ser vinos que muestran el terruño aragonés.
Mataquemada 2022, de El Escocés Volante, procede de la comarca de Calatayud aunque sin denominación de origen. Se trata de un varietal de Garnacha (85 %) acompañado de otras variedades (15 %). Las uvas provienen de viñas viejas plantadas a cerca de 1.000 metros de altitud sobre suelos de pizarra. La fermentación tiene lugar en huevos de flextank con entre un 30 % y un 40 % de racimos enteros. La crianza de dieciocho meses tiene lugar nuevamente en huevos de flextank. El resultado es un vino de nariz mineral y cítrica acompañada de frutas rojas, con una boca de acidez notable y taninos firmes pero pulidos en un trago directo y fresco. Un Tartar de trucha del embalse del Grado fue su maridaje.
La Tejera 2023, de Bodegas Frontonio, procede de la comarca de Valdejalón, sin denominación de origen. Se trata de un varietal de Garnacha con un ligero aporte de Macabeo, cultivado de forma ecológica y biodinámica en viñedos de montaña con suelos de pizarra y cuarcita. El vino tiene una crianza de catorce meses en foudre. Su nariz está protagonizada por la fruta roja (fresa) acompañada de flores azules, notas de monte bajo y una ligera nota cítrica, mientras su boca sorprende por su gran acidez en un trago etéreo, mineral, elegante, equilibrado y largo. Sesitos de Ternasco de Aragón IGP y gambitas en escabeche, el plato insignia del Restaurante Tatau, fue su compañero de mesa.
El foco en los pequeños productores
Toda la cata giró alrededor de una filosofía clara: el foco estaba puesto en los pequeños productores que trabajan sus viñedos con dedicación personal. Estos productores comparten una característica: entienden que el vino es expresión del territorio y que la Garnacha es el vehículo perfecto para esa transmisión.
La conclusión es que Aragón es un territorio donde la Garnacha, en su caótica divergencia, encuentra expresiones tan distintas como profundas, donde pequeños productores nos muestran que la verdadera riqueza es que cada botella nos hable de su origen. Zaragoza, reconocida como ciudad creativa UNESCO de la gastronomía, es el reflejo vivo de esta excelencia enológica y culinaria. Es un territorio escondido que merece ser descubierto, sorbo a sorbo.
