Más de 5.000 visitantes se darán cita del 3 al 5 de octubre en un fin de semana donde el vino fluirá por galerías subterráneas centenarias y los niños pisarán uva como sus bisabuelos.
Hay lugares donde el vino no se guarda, sino que habita. Las cuevas de La Torreta, en El Molar (Madrid), son uno de esos santuarios donde durante siglos las tinajas han descansado en la penumbra fresca de galerías excavadas en la roca. Este fin de semana, del 3 al 5 de octubre, estas entrañas de piedra volverán a cobrar vida con la XVIII edición de una feria que ha convertido este pueblo madrileño en parada obligatoria del otoño vinícola.
Un laberinto de tradición bajo tierra
Imaginen centenares de cuevas horadadas en un cerro, conectadas por pasadizos donde la temperatura permanece constante todo el año. Donde antes los abuelos bajaban con candiles a vigilar la fermentación, hoy conviven bodegas modernas, restaurantes con solera y espacios culturales. Es el escenario perfecto para una celebración que trasciende lo meramente enológico para convertirse en un viaje al corazón de la identidad de El Molar, orgullosa 4ª Subzona de la D.O. Vinos de Madrid.
Carlos Mazo será el encargado de dar el pregón inaugural este viernes a las 19:00 horas, acompañado por el alcalde Borja Díaz y el sonido ancestral de las dulzainas que resonará entre las bóvedas de piedra. Un pasacalles dulzainero serpenteará después por el laberinto subterráneo, marcando el inicio de tres días donde la tradición y la modernidad brindarán juntas.
El sábado promete ser el día grande. A las actividades clásicas —visitas guiadas por las cuevas, catas a ciegas que pondrán a prueba los paladares más expertos, maridajes con quesos artesanos— se suma el momento más fotografiado: la pisada de uva tradicional. Ver a decenas de personas descalzas, con los pantalones remangados, saltando sobre los racimos en una de las cuevas milenarias es un espectáculo que conecta directamente con siglos de historia vinícola.
Los más pequeños no se quedan fuera de la fiesta. La “Escuela de Vendimia” les enseñará los secretos del campo, y el domingo tendrán su propia pisada de uva infantil, porque nunca es demasiado pronto para aprender que el vino es cultura, no solo bebida.

Entre porrones y queimadas
El concurso del porrón del domingo promete momentos hilarantes. Ver a los participantes intentando beber sin derramar ni una gota mientras el chorro describe una parábola perfecta es todo un arte que aquí se toma muy en serio. Mientras tanto, las bodegas locales abrirán sus puertas ofreciendo degustaciones que permitirán descubrir por qué estos vinos de altura —algunos viñedos superan los 800 metros— están ganando cada vez más adeptos.
El broche final llegará con una queimada popular en la Plaza del Privilegio, ese ritual gallego adoptado con cariño que simboliza la hermandad entre tradiciones de diferentes rincones de España. Las llamas azules danzando mientras se recita el conjuro serán el perfecto colofón a un fin de semana donde el vino habrá sido excusa y protagonista.
Pero la feria es mucho más que catas y barricas. El mercadillo artesanal llenará las calles de productos locales, la exposición de MolArte mostrará cómo los pinceles interpretan los paisajes vinícolas, y el concurso fotográfico Entre Uvas y Vinos inmortalizará los mejores momentos de estas jornadas.
Con más de 5.000 visitantes esperados, El Molar se prepara para demostrar que no hace falta irse a La Rioja o Ribera del Duero para vivir una experiencia vinícola auténtica. A veces, las mejores historias del vino español se esconden bajo tierra, a apenas 40 kilómetros de la Puerta del Sol, esperando a que alguien baje a descubrirlas con una copa en la mano y la disposición de dejarse sorprender.
