El arranque descontrolado de viñedos viejos lleva años borrando sin remedio parte del patrimonio vitícola de Castilla-La Mancha. Lo que se pierde con cada cepa arrancada no es solo un pie de vid, sino información genética acumulada durante siglos, irrecuperable una vez desaparece. Esa urgencia está detrás del proyecto «Selección de biotipos autóctonos de variedades de vid castellanomanchegas», cuya primera fase acaba de cerrarse tras tres años de trabajo de campo, análisis y monitorización.
El proyecto, articulado en torno al Grupo Operativo Biovidman, tiene como eje principal preservar la variabilidad genética de los viñedos de la región y ampliar la disponibilidad de material vegetal de Bobal y Airén, las dos variedades mayoritarias, sin descuidar otras muchas que siguen presentes en viñas viejas pero que el abandono y el arranque amenazan con hacer desaparecer. La coordinación técnica recae en La Niña de Cuenca, bodega de Ledaña (Cuenca), con Lorenzo López Orozco, su gerente, al frente.
Dos parcelas, dos climas y decenas de genotipos bajo observación
Para que la investigación tuviera validez real, el Grupo Operativo diseñó dos parcelas de dos hectáreas cada una en terrenos del IVICAM, construidas con la misma estructura e idéntico número de injertos, pero ubicadas en entornos edafoclimáticos distintos: una en Cenizate (Albacete), en La Manchuela, con influencia mediterráneo-continental, y otra en Tomelloso (Ciudad Real), en plena La Mancha, a menor altitud y con un clima más seco y menos condicionado por elementos orográficos. El objetivo es observar cómo se comporta el mismo material vegetal en condiciones reales diferentes, información clave de cara a la adaptación al cambio climático.
Junto a Bobal y Airén, el catálogo de variedades monitorizadas incluye un buen número de nombres que ya suenan a rescate: Mizancho, Churriago, Moscatel serrano, Azargón, Moribel, Tinto fragoso, Pintada, Montonera del Casar, Blanca del tollo, Zurieles, Maquías, Sanguina, Albillo dorado, Marisancho, Pardillo, Moravia agria, Pintaillo, Tardana, Rojal, Coloraillo, Tinto velasco y Moravia dulce.
99 biotipos de Bobal libres de virus
La cifra que más llama la atención de toda esta primera fase es la que tiene que ver con la Bobal. El rastreo de viñas viejas plantadas en pie franco, donde el material genético no ha sufrido intervenciones externas, permitió localizar una gran diversidad. “Todo lo encontrado en el proceso de investigación y prospección de ejemplares es relevante, pero hay que destacar, sin duda, los 99 biotipos de Bobal que hemos recopilado en diversas zonas donde todavía quedan viñas viejas, plantadas en sistema de pie franco, donde el material genético ha permanecido inalterado, y que indican la increíble diversidad de esta variedad que se ha ido adaptando a lo largo de siglos a cada zona”, señala Lorenzo López. Cada uno de esos biotipos presenta características diferenciadas: contenido en polifenoles, tamaño del grano, afectación por marchitez. El dato añadido es que todos los incluidos en el proyecto están libres de virus; hubo más ejemplares localizados, pero quedaron fuera del estudio precisamente por esa razón.
Para López, los resultados obtenidos hasta ahora son solo el punto de partida: “El trabajo realizado hasta ahora es la base. A partir de este momento tendrán que desarrollarse iniciativas complementarias, en diferentes líneas de investigación, que vayan evaluando y creando una serie de resultados aplicables de manera efectiva y con los que se asegure la conservación de este extraordinario material vegetal”.
La dimensión del reto, más allá de la investigación
El contexto que rodea a este proyecto no es menor. Castilla-La Mancha alberga el mayor viñedo del mundo y produce más vino que cualquier otra región española. En ese escenario, la identidad varietal es un activo estratégico que va mucho más allá del interés científico. “Esas variedades, así como la apuesta por otras también locales pero minoritarias, ayudan, además, a luchar contra la estandarización del vino y a dar singularidad, diferenciación e identidad, algo vital en todo el sector pero más aún, si cabe, en una Comunidad como la nuestra donde está el mayor viñedo del mundo y donde se produce el mayor volumen de vino de nuestro país”, apunta López.
La adaptación al cambio climático es otro de los argumentos de peso detrás del proyecto: las variedades autóctonas, forjadas durante siglos en los suelos y condiciones de la región, tienen una capacidad de respuesta ante la adversidad medioambiental que los materiales foráneos difícilmente pueden igualar. “El estudio y la futura validación de clones certificados de estas variedades supone, además, afrontar los posibles cambios derivados del cambio climático, siempre de cara al mantenimiento de la actividad vitivinícola y la producción de vinos de calidad”, resalta el gerente de La Niña de Cuenca.
En el proyecto participan, además de La Niña de Cuenca como coordinadora técnica, Vitis Navarra y el Instituto Regional de Investigación y Desarrollo Agroalimentario y Forestal de Castilla-La Mancha (IRIAF-IVICAM). La financiación proviene de fondos FEADER de la Unión Europea, del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación y de la Consejería de Agricultura, Medio Ambiente y Desarrollo Rural de la comunidad autónoma. Global Caja colabora en su difusión.
