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Elaborado por Bodegas Cándido Hernández Pío (CHP), Balcón Canario Tinto 2017 es un vino canario encuadrado en la Denominación de Origen Tacoronte Acentejo. El uso de varietales autóctonos y una viticultura tradicional da como resultado un vino sorprendente.

¿Cuántos de los vinos que has probado han roto tus esquemas? ¿Cuántos te han sorprendido realmente? ¿Cuántos, últimamente? ¿Uno de cada diez… de cada cien, quizás? ¿Cuándo lo hicieron? ¿Cómo lo lograron… ? Demasiadas preguntas, y puede que no siempre con respuestas fáciles.
Balcón Canario Tinto 2017 ha sido capaz de sorprendernos, de descolocarnos, de sacarnos de un golpe de nuestra querida zona de confort; de un golpe de nariz indescifrable, de otro golpe de extraño paladar, una nariz y un paladar que, poco a poco, van revelando todos sus secretos y nos demuestran de forma meridiana lo poco que sabemos, lo limitada que es nuestra paleta, lo amplio que es el mundo cuando viajamos a bordo de una copa, de una copa de vino…
Balcón Canario Tinto es un viaje a lo desconocido. Parte de su magia radica en sus viñedos propios, donde se cultivan variedades autóctonas como Listán Negro (el 60 % de la uva que origina este vino), Negramoll (un 30 %) y Tintilla, viñedos de una isla que no ha conocido la plaga de la filoxera, viñedos de otro mundo.
Y al igual que las uvas son autóctonas, también los métodos de vinificación intentan respetar la tradición, con una crianza de varios meses en depósitos de acero inoxidable, y una posterior espera de otros cuantos meses en el botellero. La madera no tiene sitio aquí.

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El viaje sensorial comienza con la vista, pero la sorpresa llega en la nariz: cacao, especias dulces, café con canela, algo de monte bajo, cuero… No se parece a nada que hayamos catado, nos recuerda quizás un poco a un café capuchino mientras buscamos desesperadamente entre los lugares más remotos de nuestra memoria olfativa sin terminar de dar con ese descriptor que lo defina todo, que desenmarañe el misterioso aroma que nos hace viajar a lo desconocido.
La boca es nuevamente misteriosa, suave, sin taninos, con algo de acidez, un trago corto y una evolución que va dejando, muy poquito a poco, que aparezca una fruta más madura, que aparezca algo más de intensidad y un final levemente licoroso, con esa chispa que te incita a dar un nuevo sorbo, a dar un nuevo paso en este misterioso viaje a bordo de una copa.
Y, como en todo buen viaje, no solo hay un principio y un final; hay toda una experiencia. Nos ha gustado, nos ha descolocado, hemos disfrutado con su carga aromática, tan diferente a todo lo que conocemos, y hemos encontrado lo que siempre buscamos en un vino: fruta de calidad tratada con esmero. Sin eso, la sorpresa y el misterio no sirven para nada.