Durante cinco siglos, Inglaterra fue una nación que bebía vino sin apenas producirlo. Repasamos los motivos de aquel apagón vinícola y cómo el cambio climático le está devolviendo ahora el protagonismo perdido.
Cuesta imaginarlo hoy, cuando el sur de Inglaterra comienza a despuntar en los concursos internacionales de espumosos, pero hubo un tiempo en el que la vid creció con normalidad en suelo inglés. Y hubo, también, un tiempo igualmente largo —en torno a cinco siglos— en el que Inglaterra prácticamente dejó de elaborar su propio vino.
Pero ¿Por qué Inglaterra dejó de elaborar vino durante 500 años? La respuesta es una mezcla de política, de clima y, sobre todo, de un puñado de decisiones que un rey tomó pensando en otros asuntos muy distintos al vino.
Un declive que empezó tres siglos antes de Enrique VIII
La vid llega a Britania de la mano de los romanos, que invaden la isla en el año 43 y dejan evidencia arqueológica de viñedos en zonas como el valle del Nene, en Northamptonshire. Tras la retirada de las legiones, a comienzos del siglo V, la inestabilidad política frena cualquier desarrollo vitícola serio durante siglos.
La recuperación llega con los normandos. El Domesday Book, el gran censo mandado elaborar por Guillermo el Conquistador en 1086, registra ya varias decenas de viñas repartidas por el sur y el sureste de Inglaterra, muchas de ellas vinculadas a abadías y monasterios. No es casualidad: el vino resultaba imprescindible para la misa, y los monjes disponían del conocimiento técnico, la continuidad generacional y las tierras adecuadas para cultivarlo.
Ese equilibrio empieza a resquebrajarse en 1152, cuando el matrimonio de Leonor de Aquitania con el futuro Enrique II incorpora Gascuña y sus viñedos a la Corona inglesa. Durante los tres siglos siguientes, Inglaterra recibe un suministro constante y de gran calidad de clarete bordelés, más barato y más apreciado que el vino local, que termina desplazando a la producción propia entre la nobleza.
A ese factor comercial se suman dos golpes adicionales: el fin del Periodo Cálido Medieval, que trae veranos más frescos y húmedos, propicios a las enfermedades fúngicas, y la Peste Negra, que a partir de 1348 diezma la mano de obra rural y empuja a muchos propietarios a arrendar sus tierras a cambio de rentas seguras, en lugar de mantener el cultivo de la vid.
El papel de los monjes y el golpe de la Disolución
Hacia el año 1500, el vino inglés ya es un cultivo minoritario frente a las importaciones, pero sigue existiendo. Y sigue existiendo, sobre todo, gracias a los monasterios, que continúan siendo los principales custodios de una tradición cada vez más residual.
Ese último bastión desaparece entre 1536 y 1541, cuando Enrique VIII ordena la Disolución de los Monasterios: varios cientos de comunidades religiosas son suprimidas, sus tierras confiscadas y repartidas entre la Corona y la nobleza. Las viñas monásticas cambian de manos, pero sus nuevos propietarios rara vez conservan el interés, el conocimiento técnico o la paciencia necesarios para mantenerlas productivas, y muchas terminan abandonadas o reconvertidas a otros usos agrícolas.
Y lo más curioso de todo es que se trata de un daño colateral. La orden de disolver los monasterios no nace de ninguna animadversión de Enrique VIII hacia el vino ni hacia la viticultura, sino de una ruptura mucho más profunda con Roma. El papa Clemente VII se niega a anular el matrimonio del monarca con Catalina de Aragón para que pueda desposar a Ana Bolena, lo que lleva a Enrique VIII a romper con la Iglesia católica y a proclamarse, mediante el Acta de Supremacía de 1534, cabeza de la nueva Iglesia de Inglaterra.
Las órdenes religiosas, fieles a Roma y dueñas de buena parte de las tierras y riquezas del reino, se convierten entonces en un obstáculo político y, sobre todo, en una fuente de ingresos demasiado apetecible para una Corona con las arcas mermadas. La Disolución de los Monasterios responde así a ese doble objetivo: eliminar cualquier foco de lealtad papal dentro de Inglaterra y apropiarse de un patrimonio inmenso, del que los viñedos monásticos, aunque marginales frente a otros activos como tierras de labranza o edificios, forman parte del reparto.
Dicho esto, la Disolución no inició el declive del vino inglés, que llevaba ya tres siglos en marcha, pero sí eliminó de un plumazo a sus últimos guardianes institucionales, acelerando un final que quizá habría llegado igualmente, aunque de forma más lenta. Algunas viñas aisladas sobreviven o se intentan recuperar en fincas aristocráticas de los siglos XVII y XVIII, e incluso hay experimentos victorianos aislados, pero la producción comercial de vino inglés queda prácticamente extinguida hasta bien entrado el siglo XX.
El cambio climático da la vuelta a la historia
Si algo demuestra la historia reciente del vino inglés es que el clima, que tanto contribuyó a hundirlo en la Edad Media, es hoy su principal aliado. La temperatura media del periodo de maduración de la vid en Inglaterra ha pasado de rondar los 13 ºC a mediados del siglo XX a situarse cerca de los 14,5 ºC en 2025, un cambio suficiente para transformar el sur del país en una región genuinamente viable para el cultivo de variedades clásicas de espumoso como Chardonnay, Pinot Noir y Pinot Meunier, que juntas suponen ya cerca del 70 % del viñedo plantado.
Los datos del último informe de la asociación WineGB reflejan la magnitud del cambio: la superficie de viñedo en Inglaterra y Gales ha crecido un 510 % desde 2005, hasta alcanzar las 4.841 hectáreas actuales. El número de viñedos ha subido hasta 1.104, con 238 bodegas ya en activo, y el sector emplea en la actualidad a unas 10.000 personas. En cuanto a producción, 2024 superó los 10,6 millones de botellas, mientras que 2025, favorecido por un verano cálido y seco, ha dejado la segunda cosecha más abundante de la historia del país, con unos 16,5 millones de botellas, solo por detrás del récord de 21,6 millones logrado en 2023.
El método tradicional, la misma técnica de segunda fermentación en botella empleada en Champagne, se ha convertido en la seña de identidad de este resurgimiento, hasta el punto de que bodegas del sur de Inglaterra compiten hoy de igual a igual con las grandes maisons francesas en concursos internacionales. Ocho siglos después de que el clarete de Burdeos desplazara al vino inglés de las mesas de la nobleza, es el propio clima, cada vez más cálido, el que está reescribiendo el más reciente capítulo de esta historia.
