Jancis Robinson analiza Georgia: La tradición del qvevri, la geopolítica rusa y la apuesta de un exbanquero por conquistar Occidente

La crítica británica Jancis Robinson ha publicado a finales de julio un extenso reporte sobre la actualidad del vino georgiano, retratando un país en tensión permanente entre la herencia milenaria del qvevri y las aspiraciones de quienes quieren competir en los mercados de lujo internacionales. El artículo, publicado en su web jancisrobinson.com, revela una industria dividida ante preguntas que van mucho más allá de lo enológico.

Georgia reivindica el título de cuna de la viticultura mundial y el vino permanece entretejido en su cultura con una profundidad que, según Jancis Robinson, no tiene parangón en el mundo moderno. La seña de identidad más reconocible de sus vinos es la fermentación y crianza en tinajas de arcilla enterradas llamadas qvevri, que producen los denominados vinos ámbar —conocidos en Occidente como vinos naranja— mediante el contacto prolongado de los mostos con los hollejos de la uva. Sin embargo, esta producción representa menos del 10 % del total georgiano, mientras que el 65 % de las exportaciones del país se destina al mercado ruso en forma de vinos semidulces de perfil básico.

La situación tiene una lectura geopolítica inevitable. Rusia ocupa militarmente de forma ilegal el 20 % del territorio georgiano e influye en sus estructuras de gobierno, y esa dependencia comercial en el vino —herencia directa de la era soviética, cuando la cantidad primaba sobre la calidad— se percibe por algunos actores del sector como una vulnerabilidad estratégica.

Dos visiones, un mismo país

Robinson articula la fotografía actual del vino georgiano a través de dos figuras que encarnan posiciones opuestas. Por un lado, Irakli Gilauri, exdirector ejecutivo del Banco de Georgia, construye una bodega en Kakheti —la región vitivinícola dominante del país, en el sureste— con la asesoría de Rolland et Associés, la consultora bordelesa más internacional del mundo. Gilauri ha elegido el nombre Resistencia para su proyecto y declara abiertamente su intención de elaborar el primer gran vino de Georgia con parámetros internacionales. «Haciendo vino seco podemos desengancharnos de Rusia. Tengo una misión», afirmó a Robinson. Sus prototipos incluyen un Chardonnay fermentado en barrica y un tinto de base Saperavi con la impronta de roble y alcohol característica de la consultora francesa.

En el extremo opuesto se sitúa Douglas Wregg, de Les Caves de Pyrène, el mayor importador de vino georgiano en el Reino Unido y especialista en vinos naturales, que lleva más de dos décadas viajando a Georgia y defiende el qvevri como expresión completa del vino. «El vino está en la entraña de esa cultura, a diferencia del resto del mundo moderno. La hospitalidad es una religión», explicó a Robinson durante una cata en Saperavi Social, un bar de vinos georgianos en Islington.

Más allá del debate entre tradición y modernidad, el reportaje llama la atención sobre la extraordinaria diversidad de castas autóctonas georgianas, muchas de ellas rescatadas tras décadas de producción soviética que redujo el cultivo a un puñado de uvas productivas. El Cáucaso preservó al país de los efectos más severos de la última glaciación, lo que convierte a Georgia en uno de los repositorios más ricos de vides silvestres del planeta. Hoy, un vivero nacional recoge y analiza genéticamente cientos de variedades locales.

Entre las uvas blancas, la Rkatsiteli domina en Kakheti y se adapta con especial eficacia a los vinos de maceración. La Kisi, la Krakhuna —revelación reciente para Robinson en versión imerética— y la Tsolikouri completan un panorama varietal de gran riqueza. Entre las tintas, la Saperavi resulta omnipresente, aunque Robinson destaca la Shavkapito de Kartli como una alternativa más transparente, y la mezcla de Aleksandrouli y Mujuretuli de las montañas de Racha como una de las propuestas más singulares del país.

Olivier Sauvage, importador afincado en Tiflis, resume la paradoja georgiana con una frase que Robinson recoge en su texto: «8.000 años de historia, 30 años de experiencia». Recuerda que puedes leer el reportaje completo en la web de Jancis Robinson.

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