El cambio climático amenaza con transformar el mapa del vino mediterráneo: hasta el 90 % de las regiones, en riesgo

El vino, tal como lo conocemos en el Mediterráneo, afronta uno de los mayores desafíos de su historia milenaria. Según un estudio publicado en 2024 en la revista Nature Reviews Earth & Environment por investigadores de universidades francesas e italianas, un calentamiento global superior a 2 ºC por encima de los niveles preindustriales haría inviables el 90 % de las regiones vitivinícolas costeras y de tierras bajas de España, Italia, Grecia y el sur de California. Estas zonas, que representan el corazón histórico de la viticultura europea, sufrirían sequías extremas y olas de calor cada vez más frecuentes, condiciones que superan la resistencia fisiológica de muchas variedades tradicionales.

El estudio publicado por Nature Reviews Earth & Environment, elaborado por Cornelis van Leeuwen (Universidad de Burdeos) y un equipo internacional de investigadores, constituye una revisión exhaustiva de más de 250 publicaciones científicas acumuladas en las últimas dos décadas. Los autores analizan los efectos del cambio climático —en términos de temperatura, precipitación, humedad, radiación y niveles de CO₂— sobre el rendimiento de la vid, la composición de la uva y la calidad del vino. Sus proyecciones indican que, si el calentamiento global supera los 2 ºC respecto a los niveles preindustriales, entre el 49 % y el 70 % de las regiones vitivinícolas actuales del mundo podrían enfrentar un riesgo sustancial o alto de pérdida de idoneidad climática. Este cambio geográfico no sería uniforme: mientras algunas zonas más frías podrían ganar aptitud, las regiones tradicionales del sur de Europa y California sufrirían un impacto especialmente grave.

En el caso concreto del Mediterráneo, el trabajo destaca que alrededor del 90 % de las regiones vitivinícolas tradicionales situadas en zonas costeras y de baja altitud de España, Italia, Grecia y el sur de California podrían desaparecer como áreas productoras viables hacia finales de siglo. La causa principal sería la combinación de sequías extremas y olas de calor más frecuentes e intensas, que superarían los umbrales fisiológicos de muchas variedades autóctonas. Los investigadores estiman que el traslado de viñedos a altitudes superiores (hasta unos 1.000 metros) solo compensaría menos del 20 % de estas pérdidas potenciales, lo que subraya la magnitud del desafío para mantener una producción económicamente sostenible en estas zonas históricas.

El riesgo no es teórico. Ya hoy, el aumento de las temperaturas ha adelantado la vendimia entre dos y tres semanas en la mayoría de las regiones vitivinícolas del mundo, alterando el equilibrio de azúcares, acidez y compuestos aromáticos de la uva. El estudio calcula que entre el 49 % y el 70 % de las zonas productoras actuales podrían enfrentarse a un riesgo sustancial de pérdida de idoneidad climática, dependiendo del ritmo del calentamiento. En el Mediterráneo, donde el clima ya es cálido y seco, el impacto sería especialmente severo.

El climatólogo agrofrancés Serge Zaka fue más allá en un análisis técnico publicado en enero de 2025. Según sus pronósticos, la viticultura en la región mediterránea podría volverse inviable hacia mediados de siglo por el avance de la desertificación y el estrés hídrico. “La región se está calentando un 20 por ciento más rápido que el resto del mundo”, advirtió Zaka, quien prevé que los paisajes se transformen progresivamente en estepas y sabanas. Los periodos de crecimiento de la vid podrían acortarse entre 20 y 35 días después de 2060, y el riego, según él, no constituye una solución a medio o largo plazo. Su conclusión es clara: los olivos y las vides tendrán que desplazarse hacia el norte para sobrevivir.

Muchos productores ya están poniendo remedio al cambio climático

En España, una de las naciones más afectadas, estas advertencias científicas ya se traducen en acciones concretas de las bodegas. Familia Torres, uno de los grupos vitivinícolas más emblemáticos de Cataluña, lleva años adaptándose. En declaraciones recogidas por The Guardian en mayo de 2025, Miguel Torres, presidente de la compañía, reconoció la gravedad de la situación: “En 30 a 50 años, tal vez tengamos que detener la vinicultura aquí”. La familia ha invertido el 11 % de sus beneficios anuales en medidas de mitigación y adaptación, incluyendo la búsqueda de nuevas zonas de cultivo a mayor altitud o latitud. Ya han plantado viñedos en Tremp, en el Prepirineo catalán, a casi 950 metros, y exploran terrenos en Benabarre, a más de 1.100 metros, donde el clima es más fresco. “No sé cuánto tiempo podremos quedarnos aquí haciendo buenos vinos, tal vez 20 o 30 años”, admitió Torres, quien también contempla desplazar parte de la producción hacia el oeste en busca de mayor disponibilidad de agua.

Estos movimientos no son aislados. Muchas bodegas mediterráneas están experimentando con variedades mejor adaptadas, de maduración más tardía, técnicas de cultivo que ahorran agua y nuevas ubicaciones en altitudes donde la temperatura desciende y se mantiene una mejor acidez natural. El cambio climático es una realidad constatada: en el Penedès, por ejemplo, Familia Torres ha registrado un aumento de 1 ºC en la temperatura media en los últimos 40 años, lo que ya ha adelantado las cosechas diez días.

El mensaje de los expertos y de los propios productores es doble: por un lado, la urgencia de reducir emisiones globales para limitar el calentamiento; por otro, la necesidad de adaptar la viticultura con inteligencia y anticipación. El Mediterráneo, cuna del vino europeo, podría perder parte de su identidad vitivinícola tal como la conocemos, pero la historia del sector demuestra su capacidad de reinvención. La pregunta ya no es si el clima cambiará, sino cómo conseguiremos que el vino siga formando parte de nuestro paisaje y nuestra cultura en las próximas décadas.

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