Una jornada técnica con aforo completo congregó en Orense a especialistas de Francia, Cataluña y Galicia para abordar dos de las mayores amenazas sanitarias del viñedo, mientras la Xunta aprueba medidas de ejecución subsidiaria contra parcelas abandonadas.
Hay batallas que se libran en los laboratorios, en los campos, en las decisiones políticas. Y luego están las que se libran en salas de conferencias, donde el conocimiento se convierte en la mejor arma. El pasado 29 de octubre, el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Ribeiro, en colaboración con la Diputación de Ourense y la Xunta de Galicia, reunió a algunos de los mayores especialistas nacionales e internacionales para hablar de dos enemigos microscópicos que pueden cambiar el mapa vitivinícola gallego: el mildiu y la flavescencia dorada de la vid.
La convocatoria no defraudó: aforo completo en una jornada de seis horas donde viticultores, bodegueros, ingenieros agrónomos, técnicos de Medio Rural y profesionales del sector escucharon experiencias que van desde Provenza hasta Gerona, pasando por Navarra. Porque cuando una enfermedad no entiende de fronteras administrativas, la respuesta tampoco puede ser local.
Más allá de los tratamientos: repensar el viñedo
“El problema no es el hongo, sino cómo lo gestionamos.” La frase de Julio Prieto, consultor vitivinícola navarro, resonó como un aldabonazo en la sala. En su ponencia sobre “el mildiu entre mitos y certezas”, Prieto dejó claro que la lucha eficaz contra esta enfermedad fúngica comienza mucho antes de que aparezca la primera mancha en una hoja.
La estructura del viñedo, la ventilación, la densidad de plantación, la elección varietal, la gestión del vigor: todos estos factores son determinantes en el nivel de riesgo. No todo está, por tanto, en los pulverizadores y los calendarios de tratamiento. La prevención, en el caso del mildiu, se escribe con decisiones agronómicas que se toman años antes de que brote la primera yema.
Si el mildiu es un viejo conocido del viticultor gallego, la flavescencia dorada representa una amenaza más reciente pero potencialmente devastadora. Jordi Mateu y Honorat Sabater, responsables de la Unidad de Sanitat Vegetal en Gerona, llegaron a Orense con casi tres décadas de experiencia a sus espaldas: desde 1996 hasta 2025, han trabajado en la detección y erradicación de esta enfermedad en las comarcas catalanas.
La flavescencia dorada de la vid es una enfermedad que se transmite a través del insecto vector Scaphoideus titanus. Una vez infectada, la cepa debe ser eliminada, ya que no existe cura. La detección temprana y la actuación coordinada son fundamentales para evitar su propagación.
Su mensaje fue contundente: la detección temprana y la eliminación inmediata de las cepas infectadas, combinadas con tratamientos insecticidas ajustados al ciclo biológico del vector —el insecto Scaphoideus titanus—, son las claves del éxito. Pero hay algo más, algo que trasciende la técnica pura: lo que Mateu denominó las ‘4C’: colaboración, coordinación, confianza y credibilidad.
Porque la flavescencia dorada no se combate parcela a parcela, sino territorio a territorio, con la implicación de técnicos, viticultores y administraciones. Sabater presentó más de dos décadas de trabajo sistemático en Gironès, Alt Empordà y Baix Empordà, destacando la importancia de la prospección metódica del vector y de las cepas infectadas, así como la aplicación rigurosa de tratamientos en momentos clave del ciclo vital del insecto.
El modelo provenzal: 10.500 hectáreas, una sola estrategia
Ana Chavarri, asesora vitícola en Provenza, trajo a la jornada la experiencia francesa en el departamento de Bouches-du-Rhône: 10.500 hectáreas repartidas en 80 localidades, con más de 150 bodegas y cooperativas implicadas. Su título no dejaba lugar a dudas: “Contra la flavescencia, todos unidos”.
El modelo provenzal se basa en la prospectiva colectiva, la verificación del material vegetal mediante termoterapia —50°C durante 45 minutos— y la observación coordinada del vector, adaptando los tratamientos según el ciclo biológico del insecto y las condiciones locales; una estrategia que ha demostrado su eficacia pero que requiere algo que no se compra en ninguna cooperativa agrícola: compromiso colectivo.
La intervención de Encarna Rodríguez, jefa del servicio de explotaciones agrarias de Orense, junto a Nicasio Mejuto, subdirector general, reveló una de las principales novedades de este año: la aprobación del Decreto 29/2025, de 7 de abril, que declara de utilidad pública la erradicación de la flavescencia dorada en Galicia.
Este decreto no es un mero papel administrativo: habilita a la Xunta para la ejecución subsidiaria de las medidas en aquellas parcelas cuyos propietarios no cumplan con las obligaciones establecidas. En otras palabras, si un propietario no arranca y destruye las plantas enfermas o abandonadas, la administración puede hacerlo directamente. Los costes de estas actuaciones podrán ser reclamados posteriormente a los titulares, sin perjuicio del régimen sancionador aplicable.
Es una medida dura, pero necesaria, porque los viñedos abandonados pueden convertirse en verdaderos criaderos de enfermedades que no solo afectan a esas parcelas olvidadas, sino que amenazan a todo el viñedo circundante.
El coloquio final fue especialmente vivaz, con una batería de preguntas que evidenció el nivel de preocupación —y de compromiso— de los asistentes. Concha Iglesias, presidenta del C.R.D.O. Ribeiro, agradeció en la apertura “la colaboración de la Diputación de Orense y de los ponentes, así como la alta afluencia de profesionales del viñedo”.
Luis Menor, presidente de la Diputación de Ourense, cerró la jornada subrayando la importancia de controlar estas enfermedades desde sus criaderos en viñedos abandonados, “para contribuir así a aumentar el valor de nuestras tierras y a combatir el abandono en nuestras zonas rurales”.
Porque, al final, de eso se trata: de defender no solo las viñas, sino el territorio, la economía rural, la vida que late en torno al viñedo. El mildiu y la flavescencia dorada son amenazas fitosanitarias, sí, pero también son síntomas de algo más profundo: del abandono rural, de la falta de relevo generacional, de parcelas que nadie cuida y que se convierten en bombas de relojería para el viñedo que aún resiste.
La jornada concluyó con un pequeño catering y vino de la D. O. Ribeiro; un brindis que, en el contexto, sonó a algo más que a mera cortesía: a compromiso compartido, a batalla común, a futuro que se defiende copa a copa, pero sobre todo, parcela a parcela.


