La XV edición de Entreviñas ha vuelto a confirmar que La Rioja Oriental tiene mucho que decir en el panorama enoturístico español. Y lo dice alto y claro, con garnachitos como moneda y parapentes sobrevolando viñedos.
Hay ferias del vino y hay experiencias. Entreviñas, que acaba de cerrar su decimoquinta edición en Aldeanueva de Ebro, pertenece claramente a la segunda categoría. Porque cuando 15.000 personas se dan cita durante tres días para brindar, degustar y volar —literalmente— sobre los viñedos riojanos, es que algo más está pasando aquí.
La cita, celebrada del 6 al 8 de junio, ha vuelto a demostrar que La Rioja Oriental no es solo la hermana pequeña de la denominación. Es mucho más que eso: es una región que ha sabido reinventarse, apostar por el enoturismo de calidad y convertir sus pueblos en destinos donde el vino es excusa perfecta para crear vínculos y experiencias inolvidables.
Cuando la tradición vuela alto
Si algo caracteriza a esta edición de Entreviñas es la capacidad de combinar tradición y modernidad sin que chirríe nada. Por un lado, la histórica Bodega del Cura abrió sus puertas sin reserva previa, permitiendo que cualquier visitante pudiera sumergirse en su atmósfera centenaria mientras degustaba reservas y grandes reservas. Una experiencia que conecta directamente con las raíces vitivinícolas de la zona.
Pero por otro lado, los más aventureros pudieron vivir la experiencia de sobrevolar los viñedos en parapente a motor desde la báscula municipal. Por 45 euros, con vídeo 360º incluido, los participantes obtuvieron una perspectiva única de este paisaje que es mucho más que bonito: es la esencia misma de lo que significa La Rioja Oriental.
Y es que esta comarca, situada en la parte más oriental de la DOCa Rioja, merece que la conozcamos mejor. Aquí, en municipios como Aldeanueva de Ebro, Alfaro o Rincón de Soto, los viñedos conviven con un clima más continental y seco que el de sus vecinas occidentales. Las garnachas encuentran aquí su hábitat natural, desarrollando una personalidad propia que casa perfectamente con la filosofía de vinos más frescos y bebibles que demanda el mercado actual.
Los números no mienten
Que la feria haya servido más de 10.000 «pulguitas» y registrado cerca de 20.000 consumiciones da una idea clara del éxito de convocatoria. Pero lo realmente significativo es que 14 bodegas y 24 expositores hayan encontrado en Aldeanueva de Ebro el escaparate perfecto para mostrar su trabajo.
Las catas dirigidas por la sumiller Marta Bernad en el Mirador de las Viñas tuvieron que duplicarse ante la demanda: ocho sesiones el sábado y cuatro el domingo. Esto habla de un público cada vez más formado y curioso, que no se conforma con beber vino, sino que quiere entenderlo, contextualizarlo y, sobre todo, disfrutarlo con conocimiento.
La Noche en Blanco: innovación que funciona
La gran novedad de esta edición fue La Noche en Blanco del viernes, celebrada en la Sala Entreviñas. Música en directo, DJs, food trucks, vino blanco y cócteles crearon un ambiente que demostró que el enoturismo puede ser muchas cosas a la vez: tradicional y moderno, local y cosmopolita, serio y divertido.
El sorteo para los asistentes vestidos de blanco fue la guinda de una propuesta que supo leer perfectamente los nuevos tiempos del turismo del vino, donde las experiencias nocturnas y el ambiente festivo son tan importantes como la calidad de los vinos.
Más que vino, es vida
Ángel Fernández, alcalde de Aldeanueva de Ebro, lo resumió con una frase que lo dice todo: «La viticultura es el 90% de la vida de mi pueblo y Entreviñas es una experiencia para hacer amigos y compartir la cultura del vino». Y es que cuando el vino representa el 90% de la vida de un lugar, organizar una feria como esta no es marketing: es necesidad vital.
Con un presupuesto de 94.520 euros más IVA, Entreviñas ha demostrado que se puede hacer mucho con recursos ajustados si hay visión clara y ganas de trabajar. La organización ya está pensando en 2026, y nosotros ya estamos esperando ver qué sorpresas nos depara la próxima edición.
Porque eventos como este no solo ponen en valor los vinos de La Rioja Oriental: ponen en valor una forma de entender la vida donde el vino es mucho más que una bebida. Es cultura, es tradición, es futuro y, sobre todo, es la excusa perfecta para demostrar que todavía hay lugares donde las cosas se hacen con alma.
