Un espumoso de Raventós i Blanc se cuela en el podio de The Wine Advocate junto a L’Ermita y Les Manyes

El crítico Luis Gutiérrez ha publicado en The Wine Advocate el informe “Spain, Catalonia: 2026 Update – Focus on the 2023 and 2024 Vintages”, y entre las cerca de cuatrocientas referencias catadas emerge una botella que desafía cualquier categoría previsible: 1996 Reserva Familiar 30 Anys, de Raventós i Blanc, al que Gutiérrez otorga 99 puntos y sitúa en el tercer puesto del ranking general, inmediatamente detrás de L’Ermita 2024, de Álvaro Palacios, y Les Manyes 2024, de Terroir al Límit..

Que un espumoso del Penedès con treinta años de crianza comparta podio con dos de los iconos más reverenciados del vino español contemporáneo no es solo una anécdota crítica: es una declaración sobre el nivel que pueden alcanzar los espumosos del Penedés cuando se prioriza la calidad y la búsqueda de la identidad sobre cualquier otra consideración. 1996 Reserva Familiar 30 Anys, de Raventós i Blanc no aspiraba a colarse en un informe centrado en las añadas 2023 y 2024; sencillamente, estaba ahí para recordar que la grandeza no entiende de calendarios de lanzamiento.

Un espumoso que trasciende el tiempo

El vino procede de la finca familiar en la cuenca del río Anoia, un entorno de 90 hectáreas divididas en 44 parcelas donde la familia Raventós lleva trabajando desde 1497 —veintiuna generaciones— con variedades autóctonas mediterráneas bajo principios de agricultura ecológica y biodinámica. Ese tiempo largo, esa acumulación de decisiones tomadas generación tras generación, es precisamente lo que este 1996 Reserva Familiar 30 Anys destila en copa: una vocación de guarda que el Penedès raramente ha podido exhibir ante la crítica internacional con semejante contundencia.

Los 99 puntos de Luis Gutiérrez no son solo una valoración de una botella concreta. Son, según la propia bodega, la reivindicación de un modelo vitivinícola construido sobre el origen, la agricultura regenerativa, la puesta en valor de las variedades históricas y el compromiso con el paisaje y con quienes lo trabajan. En ese sentido, el reconocimiento trasciende a Raventós i Blanc y apunta a una forma de entender el espumoso que durante décadas ha coexistido —no siempre cómodamente— con la lógica industrial dominante en la región.

El Penedés ante su propia encrucijada

El informe de Gutiérrez llega en un momento especialmente delicado para el sector espumoso del Penedés, inmerso en una transformación profunda que afecta tanto a su estructura productiva como a su identidad pública. En este contexto, el crítico destaca el papel de Pepe Raventós en el debate sobre la construcción de esa identidad futura: un debate que, según el texto, exige avanzar hacia un modelo más coherente, territorial y sostenible, capaz de garantizar el futuro de los viticultores y de preservar la singularidad de los grandes espumosos mediterráneos.

“Penedés es un territorio único para elaborar grandes vinos espumosos mediterráneos. Tenemos una identidad propia, unas variedades propias y una tradición histórica que debemos proteger y proyectar hacia el futuro”, afirma Pepe Raventós en el reportaje. La voluntad de la bodega de contribuir activamente a la construcción de una identidad colectiva para el espumoso de la región —superando fragmentaciones y apostando por una visión común basada en la calidad y el territorio— queda así explicitada en uno de los foros críticos más influyentes del mundo del vino.

Gutiérrez también dirige su atención hacia los proyectos paralelos que impulsa Pepe Raventós: Can Sumoi y Vins Pepe Raventós, dos iniciativas centradas en viñas viejas, agricultura con animales y recuperación del patrimonio vitícola y cultural del territorio, que completan un cuadro coherente de apuesta por la autenticidad y el arraigo.

“Este reconocimiento nos impulsa a seguir trabajando para mejorar cada día, atentos a las pequeñas cosas que suceden a nuestro alrededor”, señala Pepe Raventós. En boca de quien representa la vigesimoprimera generación de una familia ligada a esta tierra desde el siglo XV, la frase suena a otra cosa: a la certeza de que el tiempo, bien empleado, siempre acaba hablando por sí solo.

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