En el cine, algunas botellas trascienden la mesa para convertirse en elementos narrativos con peso propio: revelan el carácter de un personaje, tensan una escena o quedan grabadas en la memoria colectiva con la misma nitidez que una banda sonora. Un repaso por algunos de los vinos más memorables de la gran pantalla.
El Chianti de Hannibal Lecter y el Pinot de Miles Raymond
Pocas frases del cine están tan asociadas a un vino como la que Anthony Hopkins pronuncia en El silencio de los corderos (1991). Hannibal Lecter, en su celda de alta seguridad, describe con inquietante calma cómo se comió el hígado de un encuestador “con unas habas y un buen Chianti”, seguido del célebre chasquido. Dato curioso: en la novela original de Thomas Harris, el vino era un Amarone; el cambio a Chianti en el guion lo convirtió en una de las referencias vinícolas más reconocibles de la historia del cine.
Trece años después, Entre copas (2004) haría algo parecido pero desde el polo opuesto: en lugar del terror, la pasión. Miles Raymond, el frustrado escritor interpretado por Paul Giamatti, defiende el Pinot Noir con una intensidad casi religiosa —“de piel fina, temperamental, necesita atención constante”— y protagoniza uno de los momentos más recordados de la comedia cuando amenaza con abandonar la cena si alguien pide Merlot. La película tuvo un efecto real y documentado sobre las ventas de ambas variedades en Estados Unidos.
Burdeos en el plato y en la pantalla
Los grandes châteaux bordeleses tienen una presencia recurrente en el cine, aunque no siempre con el mismo protagonismo narrativo. Ratatouille (2007) es quizás el caso más elaborado: el chef Skinner sirve un Château Latour 1961 para intentar sonsacarle el secreto a Linguini, mientras que el crítico Anton Ego pide una botella de Château Cheval Blanc 1947 para acompañar el ratatouille que le cambiará la vida. El mismo Cheval Blanc 1961 aparece en Entre copas, y Château Margaux tiene cameos en títulos como Crueldad intolerable (2003), Gracias por fumar (2005) y Withnail & I (1987), además de una botella de 1858 en Sherlock Holmes (2009). Château Latour 1945 aparece en El sentido de la vida (1983) de los Monty Python, y Château Lafite Rothschild en Eating Raoul (1982).
En el apartado del champagne, Casablanca (1942) reserva un momento elegante a Veuve Clicquot del 26, recomendado por el capitán Renault al mayor Strasser como “un buen vino francés”. Perrier-Jouët Belle Époque aparece en El mundo perdido: Jurassic Park (1997), y Piper-Heidsieck tiene presencia tanto en Los hijos del desierto (1933), el clásico de Laurel y Hardy, como en Encadenados (1946), de Hitchcock.
James Bond, el espía con la copa más afinada
Ningún personaje del cine ha tenido una relación tan consistente y detallada con el vino y el champagne como James Bond. El agente 007 ha convertido su conocimiento enológico en una extensión más de su sofisticación, y las referencias a etiquetas concretas forman parte de su caracterización desde las primeras entregas.
En Dr. No (1962), con Sean Connery, se produce uno de los intercambios más citados: el villano advierte que sería “una pena romper” un Dom Pérignon del 55, a lo que Bond replica que él prefiere el del 53. La misma marca aparece en Goldfinger (1964) —donde Bond señala que no debería beberse por encima de 38 º Fahrenheit (unos 3,3 grados Celsius)— y en otras entregas de la saga. Taittinger Comtes de Champagne Blanc de Blancs tiene presencia en Desde Rusia con amor (1963), y Bollinger —marca que quedaría especialmente asociada a las entregas protagonizadas por Roger Moore y Timothy Dalton— aparece en GoldenEye (1995).
En Casino Royale (2006), ya con Daniel Craig, la escena del tren hacia Montenegro incluye una botella de Château Angélus 1982 sobre la mesa durante la cena de Bond con Vesper Lynd. La etiqueta, con plano propio, reaparece en Spectre (2015) y Sin tiempo para morir (2021).
Cuando el vino es el argumento
Hay un caso en el que el vino no es atrezo ni símbolo: es directamente el tema de la película. Bottle Shock (2008) reconstruye el llamado Juicio de París de 1976, la célebre cata a ciegas en la que vinos californianos se impusieron a los grandes bordeleses ante un jurado de expertos franceses. Chateau Montelena Chardonnay es el protagonista central de ese relato, que supuso un punto de inflexión en la historia del vino moderno.
El acento español en Hollywood
El vino español ha ido ganando presencia en producciones internacionales, aunque no siempre a través de diálogos explícitos. El caso más reciente y llamativo es el de Los Conejos Malditos, de Bodegas Más Que Vinos, que aparece en una de las secuencias finales de Una batalla tras otra (2025), la última película de Paul Thomas Anderson, con Leonardo DiCaprio bebiendo este tinto joven de Tempranillo elaborado mediante fermentación carbónica. La botella aparece con claridad en pantalla; según se ha informado, no fue un product placement convencional sino una elección del equipo de arte por la personalidad de la etiqueta.
Los vinos de Álvaro Palacios —con referencias del Priorat y del Bierzo— formaron parte del ambiente de Vicky Cristina Barcelona (2008), la película que Woody Allen rodó en España. Bodegas Ostatu, de Rioja, aparece en Hitch (2005), con Will Smith, y el Jerez —especialmente la marca Tío Pepe— tiene una presencia recurrente en producciones británicas y norteamericanas ambientadas en España o protagonizadas por personajes de gustos refinados.
