El vino italiano es líder mundial, pero con los depósitos llenos

Una cosecha récord y unas exportaciones que ceden terreno dibujan un sector en pleno ejercicio de equilibrismo.

Italia terminó 2025 donde suele estar: en lo más alto del podio mundial de producción, con 44,4 millones de hectolitros confirmados ante la Comisión Europea. Una cifra que representa aproximadamente el 22 % de todo el vino producido en el planeta y que, lejos de ser motivo de celebración sin matices, ha generado uno de los principales quebraderos de cabeza del sector: los depósitos están llenos. Muy llenos. Las existencias en bodega superaron los 60 millones de hectolitros a finales de año, fruto de dos cosechas consecutivas generosas en un momento en que la demanda global no termina de acompañar.

El peso de esa producción recayó, como siempre, sobre las mismas espaldas. Véneto, Puglia y Emilia-Romaña concentraron casi el 60 % del total nacional, con el Véneto a la cabeza destacada. Tres regiones que marcan el ritmo de una industria que factura en torno a 14.000 millones de euros y da empleo a cerca de 870.000 personas.

La sombra de los aranceles y el consumo que no despega

En el exterior, el año dejó un sabor agridulce. Las exportaciones retrocedieron casi un 4 % en valor respecto al récord de 2024, con los mercados extracomunitarios tirando a la baja con más fuerza que los europeos. Estados Unidos, uno de los grandes apoyos históricos del vino italiano, acusó una caída del 9 % en valor, aunque el sector resistió mejor que la media de los vinos importados en ese mercado. El precio por litro aguantó gracias a la apuesta por los vinos premium: menos volumen, más valor añadido.

En casa, el panorama fue de estabilidad tensa. La gran distribución reflejó con claridad los gustos del consumidor: el Prosecco siguió siendo el rey indiscutible de las ventas, los espumantes crecieron y los tintos continuaron su particular travesía del desierto. Las denominaciones de origen aguantaron el tipo mejor que los vinos sin clasificación geográfica, que se desplomaron. Una tendencia que viene de lejos y que 2025 no hizo sino confirmar: el consumidor italiano —y el internacional— busca cada vez más historia, territorio y etiqueta reconocible en la copa.

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