En una comida o en una cata, el orden en que se sirven los vinos influye en cómo se perciben. La lógica general es ir de los más ligeros y frescos a los más estructurados y complejos, y de los secos a los dulces, aunque en ocasiones puede ser interesante alterar este orden de forma intencionada.
Una secuencia clásica consistiría en comenzar por los espumosos o blancos frescos para pasar a los vinos blancos con más cuerpo o crianza, continuar con los vinos rosados, seguir con los tintos ligeros, los tintos de media estructura y los tintos potentes o de guarda, finalizando con los vinos dulces o generosos. Dentro de una misma categoría, se suele servir primero el más joven o el más sencillo.
Esta regla, como comentábamos, no es inflexible. En una cata temática o en un maridaje concreto puede alterarse con sentido. Acabar una comida con un vino espumoso o un blanco de buena acidez puede ser una excelente idea. Lo importante es que cada vino tenga la oportunidad de mostrar su mejor versión sin ser eclipsado por el anterior.