El cuerpo de un vino es la sensación de peso, densidad o volumen que percibimos en la boca. No se trata de un aroma ni de un sabor, sino de una sensación táctil que va desde lo ligero y casi acuoso hasta lo denso y casi masticable. Un vino de cuerpo ligero llena poco la boca y se desliza con facilidad; uno de cuerpo medio tiene presencia sin resultar pesado; uno “con cuerpo” o “con mucho cuerpo” envuelve la boca y deja una sensación de riqueza.
Esta percepción depende de varios factores: el grado alcohólico, la cantidad de extracto seco (todo lo que no es agua ni alcohol), los taninos, la glicerina y, en muchos casos, la crianza en barrica o sobre lías. Los climas cálidos y las uvas muy maduras tienden a producir vinos de más cuerpo; las zonas frescas y las vendimias tempranas, vinos más ligeros. El cuerpo no es sinónimo de calidad: hay grandes vinos ligeros y grandes vinos potentes. Lo importante es que el cuerpo esté en armonía con el resto de elementos. En la práctica, el cuerpo condiciona el maridaje: los vinos ligeros acompañan mejor platos delicados; los de más cuerpo aguantan guisos, carnes y salsas intensas.