Ultreia Saint Jacques 2018, de Raúl Pérez

Desde Roncesvalles a Santiago, el Camino nos lleva por Pamplona, Logroño, Burgos, León y Ponferrada, capitales del vino. Algunas variedades de las cepas que hoy se erigen al borde del Camino fueron traídas por los peregrinos varios siglos atrás, peregrinos que se convirtieron en vendimiadores temporeros, peregrinos que disfrutaron del fruto de esas cepas que catalizaron la esencia del Camino: arte, fervor, cultura, arrepentimiento y hospitalidad.
Ultreia Saint Jacques 2018 nos habla del Camino a cada sorbo, del paisaje que encuentra el peregrino cuando deja atrás la Cruz de Hierro y comienza el descenso hacia Molinaseca, de esas cepas viejas de Mencía que le acompañarán entre Molinaseca y Ponferrada, entre Ponferrada y Villafranca, y entre Villafranca y el Cebrero. Y precisamente en Villafranca del Bierzo, y más concretamente en Las Villegas, una ladera de Valtuille de Abajo con zonas arenosas, es donde las cepas de Mencía, salpicadas por otras variedades, dan origen a un vino que combina con increíble acierto su simplicidad con una extraordinaria plenitud. Con su nariz nos lleva al borde del camino, a esa brisa que nos devuelve aromas de violetas, monte bajo y quizá ciertas notas minerales. En boca es muy redondo, es uno de esos vinos que puedes disfrutar a distintos niveles: sin preocupaciones, gozando de su fruta, de su fresca acidez, o más profundamente separando esa primera capa de las notas calcáreas, del volumen, de la longitud o de la elegancia con que se desvanece.
Las uvas, vendimiadas por zonas a lo largo de un mes, fermentan con raspón, en grandes tinos abiertos de madera, con maceraciones de dos a cinco meses. Para la crianza se emplean, indistintamente, barricas bordelesas, foudres y cemento. No se controla la temperatura de fermentación, y tampoco se filtra ni se clarifica antes de pasar a la botella.
Tras haber probado más de una añada de este canto al Camino, el 2018 nos ha gustado muy especialmente. Hemos encontrado un vino tan redondo, tan fácil de beber y de tal calidad que no nos ha extrañado que Robert Parker le haya concedido 93+ puntos; no hay que olvidar que estamos ante un vino que puedes encontrar en tienda a un precio por debajo de 10 euros.
Para nosotros, es el típico vino para compartir, para beber con quienes nos volvemos locos ante uno de estos vinos “de paisaje” y con quienes tan solo saben que “está rico”. Es uno de esos vinos para celebrar tanto las pequeñas como las grandes cosas, para festejar sencillamente que ha sido un buen día o para enderezar un día que no ha sido tan bueno, para celebrar que has llegado a Santiago o para recordarte que queda un día menos hasta que lo logres.
Y cuando lo hagas, cuando tu particular Camino de Santiago te lleve a donde quiera que desees llegar, quizás en tu cabeza suenen los versos con los que Lorca retrató Santiago y a los que Luar na Lubre arropó con la elegancia con la que este vino de Raúl Pérez pasea por tu boca y la melancolía que nos enseña a reconocer esos buenos momentos y no dejar que acaben diluyéndose sin que los celebremos, sin que los disfrutemos como los peregrinos que disfrutaron del fruto de esas cepas que catalizaron la esencia del Camino: arte, fervor, cultura, arrepentimiento y hospitalidad. Chove en Santiago, meu doce amor…

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