Almaroja, la bodega de Charlotte Allen en Arribes. Barricas en la Cueva en Fermoselle, Zamora
Almaroja es la bodega de Charlotte Allen, una vitivinicultora británica que encontró en 2007 en la zamorana Fermoselle su lugar en el mundo. Hemos hablado con ella, hemos visitado su bodega, hemos catado varios de sus vinos y hemos acabado convencidos de que al mundo del vino le iría mucho mejor si hubiera más “Carlotas”.

Un pueblo en una roca, una roca al borde de un cañón, un cañón horadado por el paso del Duero, incansable, a lo largo del tiempo, un tiempo que en Arribes no se mide igual que en el resto del mundo, un mundo diferente… Fermoselle es un laberinto de pequeñas casas que esconde otro laberinto en el subsuelo, un laberinto en el que el vino es el protagonista.
–En este pueblo hay 1.200 bodegas [cuevas] registradas –nos cuenta Charlotte Allen–, muchas pre-romanas, aunque la mía hemos calculado que tiene cinco siglos –nos explica.

Almaroja, la bodega de Charlotte Allen en Arribes. Detalle de las botellas de Charlotte Allen en la Cueva en Fermoselle, Zamora
Detalle de la cueva de Charlotte Allen en Fermoselle, Zamora.

Charlotte es vitivinicultora, cartesiana, culta e independiente. En su mirada resulta fácil descubrir el brillo de la curiosidad. Es enérgica, enfática, habla un buen castellano y un aun mejor francés, pero para los improperios recurre a la lengua de Shakespeare, como corresponde a alguien que nació en Leicester, la ciudad del rey Lear (o Leir; “pa” gustos los colres).
Llegó a Fermoselle en 2007, compró varias hectáreas de viñedo, compró una cueva y creó Almaroja, una bodega en la que elabora vinos con carácter, ecológicos, con la mínima intervención y la máxima expresión de uno de los terruños más auténticos de nuestra geografía. Conocimos sus vinos y a su autora hace ya algunos años, en el Evento Sarmiento, y ya entonces quedamos marcados por su personalidad, por el carácter tanto de los vinos como de la autora. 

Almaroja, la bodega de Charlotte Allen en Arribes. Barricas en la Cueva en Fermoselle, Zamora
Charlotte Allen nos enseña su cueva en Fermoselle, Zamora.

–Un día me di cuenta de que quería hacer vino, así que intenté aprender de los mejores. Estudié viticultura y enología en el Ródano, en Châteaneuf-du-Pape, vendimié en el Valle del Loira –en el Domaine Hauet–, en Sudáfrica, y finalmente busqué un sitio donde llevar a cabo mi proyecto. Obviamente pensé en Francia, pero se me quitó de la cabeza porque la burocracia allí es imposible; os quejáis de la vuestra y no tenéis ni idea –bromea–. El caso es que Didier Belondradeafamado bodeguero francés afincado en La Seca (Valladolid)– me sugirió que probara en Arribes… y aquí sigo.

Almaroja, la cueva de Charlotte Allen

Charlotte nos enseña su cueva, un lugar excavado a golpe de cincel en la época en la que Colón surcaba el Atlántico en busca de las Indias. Es una cueva larga, en ligera pendiente descendente, con varias salas en las que alguien ha construido tres depósitos de cemento para realizar fermentaciones. Es una cueva húmeda, con filtraciones en la roca granítica y con su propio pozo.

Almaroja, la bodega de Charlotte Allen en Arribes. Cueva en Fermoselle, Zamora
Pozo en la cueva de Charlotte Allen.

–Probablemente fuera un lugar de culto, como una sinagoga clandestina. Cuando los Reyes Católicos expulsaron a los judíos, los que quedaron fueron obligados a convertirse al cristianismo y seguramente se reunían en sitios como este –nos explica Charlotte. Hablamos de historia, de la historia del vino, de cómo los fenicios debieron de traer a los Arribes las vides a través del Duero, de cómo Enrique VIII acabó con la historia del vino en Inglaterra de un plumazo al destruir los monasterios… Hablamos del viñedo, de sus seis hectáreas de viñedo viejo, de entre 70 y 120 años, y de otra nueva de uva Bruñal (autóctona de Arribes) que anda ahora por los ocho años.

Nunca vas a tener un buen rendimiento cuando recuperas un viñedo abandonado. Económicamente no es una buena idea. Pero en ocasiones es la única forma de tener una buena parcela, un viñedo único.”

Charlotte Allen

–Tengo ocho parcelas, pero la mejor de todas es un viñedo de uva blanca que aún no hemos conseguido identificar. No sé si es tan buena por la variedad o por el propio suelo, lleno de cuarcitas –nos comenta Charlotte mientras nos dirigimos a la “nueva” bodega paseando por las tortuosas calles de este laberinto.

La “discoteca” de Charlotte Allen en Fermoselle

Hemos visto decenas de bodegas: tradicionales, micro-bodegas, cuevas, patios mal techados, bodegas de garaje, fábricas industriales, joyas arquitectónicas, centros de enoturismo… pero esta es la primera vez que vemos una discoteca de pueblo transformada en bodega.

Almaroja, la bodega de Charlotte Allen en Arribes. Cubas y barreños en la discoteca, en Fermoselle, Zamora
Cubas de acero inoxidable, depósitos de plástico e IPC en la «discoteca», la bodega Almaroja en Fermoselle, Zamora.

A la entrada te encuentras una barra, lo que hace de esta zona el lugar perfecto para atender al público, vender al por menor y hacer alguna cata. Al fondo del local, flanqueadas por paredes de colores con palmeras pintadas, espejos y columnas adornadas con notas musicales, encontramos numerosas cubas de acero inoxidable, barreños, un par de depósitos IBC (esos cubos de plástico con un palé integrado y un “exoesqueleto”), una prensa neumática, la despalilladora y unas pocas barricas.
–Hago las fermentaciones en acero y en barreños de plástico. Los barreños son cómodos porque, cuando acabas la fermentación, los limpias, los apilas, y ocupa lo mismo uno que siete –reconoce Charlotte–. Cuando cogí la cueva, restauré los depósitos de hormigón. ¡Uno de ellos estaba forrado por dentro de azulejos! Estuve tres días picando las paredes. No merece la pena. Aquí además tengo mucho espacio, suficiente para fermentar por parcelas y sacar adelante cada año 30.000 botellas, de las que entre 10.000 y 15.000 son de Almaroja y el resto son para otros.

Cata de los vinos de Charlotte Allen

La visita concluye catando algunos de los vinos de Charlotte. Comenzamos con Pirita Blanco 2017, un vino de color intenso y cuerpo graso, que ha hecho una maceración pelicular pero no se ha criado sobre lías. Aprovechamos para hablar sobre la viticultura de Almaroja. Charlotte nos cuenta que es ecológica y está certificada. Concibe el viñedo como un ecosistema. También se rige por muchos de los preceptos de la biodinámica no solo en el campo, sino en la bodega. De hecho, por ejemplo, emplea el calendario lunar para hacer los trasiegos de los vinos, ya que de esta forma reduce el número de sedimentos que acabarán llegando a la botella sin tener que clarificar ni filtrar los vinos.

Almaroja, la bodega de Charlotte Allen en Arribes. Pirita Blanco 2017, vino de Charlotte Allen
Pirita Blanco 2017.

Cielos & Besos 2017 fue toda una sorpresa. Se trata de un vino joven que Charlotte lleva haciendo desde 2015. Es pura fruta, pero con una madurez inusual en un vino que no ha conocido la madera. Charlotte nos cuenta que “La gente usa la peor uva para los jóvenes, y yo quería hacer un vino para beber por placer, un vino que no pudieras dejar de beber”. Damos fe de que lo ha conseguido.

Almaroja, la bodega de Charlotte Allen en Arribes. Cielos & Besos 2017, vino de Charlotte Allen
Cielos & Besos 2017.

Pirita Tinto 2014 es el siguiente en caer. Es un vino con cuerpo, que ha pasado nueve meses reposando en barricas. Con un coupage de al menos nueve uvas, la complejidad está garantizada.

Almaroja, la bodega de Charlotte Allen en Arribes. Pirita 2014, vino de Charlotte Allen
Pirita Tinto 2014.

Y acabamos la tarde catando Charlotte Allen 2015, un coupage de Juan García, Bruñal, Rufete y Tempranillo con 18 meses de barrica. Es la tercera añada de su vino estrella, que se elaboró también en 2009 y en 2011, y promete volver a elaborarse en 2019. Las barricas, de 300 litros, son descartes de Didier Belondrade

Almaroja, la bodega de Charlotte Allen en Arribes. Charlotte Allen 2015
Charlotte Allen 2015.

Nos quedamos tan solo sin probar el Pirita Rosado y Mateo, una creación que rinde homenaje a su hijo y que salió al mercado, por primera vez, con la añada 2015. No los probamos hoy, pero estamos seguros de que lo haremos en un futuro próximo. Y es que en los vinos de Charlotte Allen encontramos todas esas cosas que buscamos siempre que descorchamos una botella: fruta de calidad, la expresión del terruño, autenticidad y, por qué no decirlo, esa chispa de magia, de talento que solo las personas realmente enamoradas de lo que hacen son capaces de trasladar al vino.